El discurso de CFK

Agradecemos a Victor Armony, de la Universidad de Québec, quien comparte con nosotros este artículo que publicó recientemente en Perfil.


El estilo CFK
Victor Armony *
Perfilcris
22 de abril 2008

El análisis informático de los primeros cien discursos de Cristina Fernández de Kirchner permite detectar las pautas de un estilo comunicacional singular. Es evidente que ese estilo no está consolidado y que la presidenta busca aún definirlo y precisarlo. Sin embargo, ya se perciben tendencias significativas que confirman, por un lado, el giro “K” del discurso presidencial argentino desde 2003 – es decir una continuidad entre Néstor y Cristina y una ruptura frente a la primera década democrática – pero también ciertas particularidades llamativas.
La lista de las diez palabras más utilizadas por la presidenta presenta rasgos comunes a las de Alfonsín, Menem y Kirchner (“todos”, “argentinos”, “Argentina”, “país”), pero se distingue por no incluir la palabra “pueblo” y por la presencia de dos verbos conjugados (“creo” y “quiero”). Más allá de la lista de las diez primeras palabras, el verbo más utilizado por Alfonsín fue “puede”, una referencia a la potencialidad objetiva de la acción, mientras que el más usado por Menem fue “quiero”, obviamente más centrado en la voluntad y capacidad individual de quien lo enuncia. Es interesante notar al respecto que Menem empleó usualmente el pronombre “yo” en sus declaraciones públicas, pero no tan asiduamente como Kirchner y su esposa. Néstor Kirchner combinó de manera equilibrada los diversos pronombres personales (“nosotros”, “ustedes”, “yo”), mientras que Fernández de Kirchner prioriza netamente “yo” sobre “nosotros”. Alfonsín y Menem se identificaron discursivamente a la República, refiriéndose a la investidura presidencial en la tercera persona y marcando así la distancia entre la palabra presidencial y la del resto de la sociedad.
En un contexto muy distinto, luego de la crisis de 2001, Néstor Kirchner se posicionó como el enunciador dominante en una relación comunicativa en la que reconocía la presencia del otro (no siempre para darle cabida). Dentro de ese modelo, Cristina Fernández de Kirchner se distingue sin embargo de su marido al replicar en cierta medida el autocentramiento retórico de Menem (un “yo” que “quiere”) pero con un tono más intimista y sin su pretensión de infalibilidad: el uso repetitivo de “creo” sugiere a la vez fuerza de convicción y posibilidad de error.
Cuando se compara a la actual presidenta con los mandatarios argentinos que han gobernado desde 1983, se advierte en su lenguaje una ausencia relativa de términos abstractos como “nación”, “democracia” y “pueblo”, típicos del lenguaje republicano. Es interesante notar que la referencia al pueblo irrumpe en el discurso presidencial en su respuesta a la crisis del campo. De modo general, se observa en el discurso de Cristina Fernández de Kirchner un acercamiento comunicacional a los usos políticos norteamericanos, en los que se intenta proyectar al mismo tiempo autenticidad, sentido común y cercanía a la gente. En efecto, una comparación estadística de sus principales discursos al Congreso (asunción y mensaje a la Nación) con los de otros 35 presidentes latinoamericanos que han ejercido el poder desde el año 2000 confirma la neta preferencia de la presidenta argentina por un lenguaje subjetivo más que formal (como vimos por ejemplo en el uso frecuente de la primera persona del singular) y revela un estilo argumentativo más que declarativo (oraciones con proposiciones subordinadas e incisos, empleo abundante de la negación y de la disyunción, etc.), así como la ausencia relativa del vocabulario de la gestión pública (“gobierno”, “programa”, “obras”, “proyectos”, “millones”), característico del discurso tecnocrático (como el de Fernando de la Rúa).
La presidenta pone el énfasis en el “mensaje” y en la “visión” que intenta transmitir, pero como bien lo saben los asesores de imagen del norte, esta estrategia comporta un riesgo: cuando los ciudadanos pueden percibir la espontaneidad calculada como oportunismo, la calidez programada como hipocresía y la importancia del “mensaje” como ausencia de verdadero contenido.
* Investigador de la Universidad de Québec, Canadá