Cambiemos y el dilema del “poskirchnerismo”

La buena cosecha de Cambiemos a nivel nacional, el resultado magro de algunos potenciales presidenciables y el equilibrio subóptimo que genera Cristina Fernández de Kirchner en la Provincia de Buenos Aires producen una nueva configuración del espacio político en el que Cambiemos se instala con comodidad.

Gonzalo Vronkistinos.

Pasadas las elecciones intermedias del año 2017, se vislumbra la configuración de un nuevo ciclo político en el que Cambiemos se plantó como actor protagonista. En 13 de las 24 provincias argentinas, la coalición oficialista logró profundizar su liderazgo. La tendencia se reafirma si tenemos en cuenta que Cambiemos es la primer construcción política que, tras treinta y dos años, logró vencer en los cinco distritos más densamente poblados: la Ciudad de Buenos Aires, la Provincia de Buenos Aires, Santa Fé, Córdoba y Mendoza. Además, sólo en 3 de los 24 distritos (La Pampa, San Luis y Santa Cruz) no creció electoralmente respecto a las PASO. Llegó el momento de reconocer, entonces, y más allá de errores ajenos, su capacidad de representación social y su estrategia, moderna, para vincularse con todos los sectores de la sociedad.

En este marco, el escenario de debilidad es para el PJ, el Kirchnerismo y sus aliados. ¿Por qué? Fragmentado, perdió en bastiones históricos del norte, como Chaco y la Rioja, y no logró sostener victorias cosechadas en las PASO en Buenos Aires, Santa Fe y Salta, por ejemplo. Asimismo, figuras de peso en la reconstrucción partidaria quedaron, al menos, debilitadas. Juan Manuel Urtubey sufrió un revés electoral en su provincia, así como Schiaretti en Córdoba y el propio Sergio Massa, que con la coalición 1Pais salió tercero en su pago chico, Tigre. Algunas de las pocas sonrisas dentro del peronismo fueron para Verna, quien dio vuelta el resultado de las PASO en La Pampa, Adolfo Rodríguez Saá, que torció unas primarias en las que había sido derrotado por 20 puntos  en San Luis, y Sergio Uñac, que emerge con fuerza tras su claro triunfo en San Juan.

Todos los anteriores buscarán tener voz y voto en la reconstrucción del PJ como alternativa electoral significativa. Pero allí se toparán, indefectiblemente, con la figura de Cristina Fernández de Kirchner. Su fuerte caudal electoral en Buenos Aires configura un equilibrio político bastante estático, una especie de corsé del que el justicialismo no puede desprender desde el año 2013 y que lo limita en sus posibilidades. Hoy, luego de un ciclo político de doce años, y tras ocho de presidencia, Cristina Fernández conserva tres millones y medio de votos en Buenos Aires. Pero, a su vez, con tres derrotas al hilo bajo su conducción, se convirtió en el rival preferido de Cambiemos, dado que su boleta no conserva probabilidades de obtener el primer lugar. Nos hacemos eco a la inquietud de Marcelo Leiras, ¿se podrá hacer poskirchnerismo desde el kirchnerismo?

Sin embargo, del otro lado, quienes aspiran a disputarle el liderazgo a Cristina son conscientes del dilema que plantea su candidatura, pero no han logrado construir una oferta electoral atractiva y que enstusiasme a sus votantes. Florencio Randazzo, por ejemplo, luego de intentar disputar el liderazgo institucionalmente, vía internas, construyó un armado que fue erosionándose en la medida que los intendentes, base de apoyo estratégico en Buenos Aires, advertían que ponían en juego sus propios espacios de poder. Los que igual sostuvieron la candidatura del ex ministro de Transporte y cruzaron el Rubicón, sufrieron las consecuencias electorales: El armado local del intendente de San Martín, Gabriel Katopodis, cosechó un 9,39% y se ubicó en cuarto lugar. La gran mayoría, entonces, percibió las posibles consecuencias, y se alineó con la ex presidenta para sostenerse.

Así, en este 2017 el equilibrio se acentúa y se profundiza: No sólo Cristina se mantiene como un actor que, aunque pierde, conserva un gran caudal electoral, sino que, además, el resto de los aspirantes a construir liderazgo (y que rechazan una coalición con la ex presidenta) no fueron profetas en su tierra. De cara hacia el futuro hay pocas certezas pero un objetivo claro a perseguir en la construcción: cimentar un nuevo armado político que garantice la unidad del espacio y logre representar a sectores más amplios y diversos es la única salida electoralmente viable. ¿Será posible unir ese “archipiélago sin puentes”, como lo caracterizan Mario Wainfeld y Pablo Semán?

Respecto a Cambiemos, la proyección de los resultados en las elecciones intermedias vaticina un panorama favorable. Sorteó exitosamente el examen en su primer sufragio como oficialismo y demostró capacidad de construcción política. Como corolario, obtuvo más de diez millones de votos a nivel país, nacionalizando su oferta electoral.  El resultado, en términos de gestión, produce dos alternativas: avanzar en reformas con el capital político conseguido o leer el resultado de las elecciones como un indicador de conformidad de la sociedad con el camino tomado hasta el momento. La elección del rumbo puede priorizar variables económicas o variables sociales y, cualquiera sea la alternativa elegida, traerá consecuencias políticas. Será cuestión de tiempo observar el posicionamiento de los actores.