Ojo con la farandulización del debate sobre la reforma electoral

debateurnaEn línea con lo escrito por Martín D´Alessandro en el Diario Clarín, este artículo se permite pensar por qué un debate tan vital – como es el de la reforma electoral – haya llamado la atención fundamentalmente por la incorporación de tecnología. ¿Por qué caer en el laberinto binario de la supuesta verdad absoluta y descalificadora del disenso?

Curiosidades de la historia (¿o no?) este año se cumplió un siglo de la primera elección presidencial bajo la Ley Sáenz Peña. Ya en ese entonces se hablaba de la “religión cívica”, casi a modo de antídoto contra los males que traía el fraude practicado sin escrúpulo. Interesante es saber que, contra lo que muchos creen o quieren creer, el fraude siguió vivo. Un propio radical, Wenceslao Carranza – Diputado Nacional por Córdoba –, fue una de las voces más críticas que vislumbran la fuerte indignación sobre las prácticas del gobierno radical.[1]

Así, queda en cada individuo creer o no cierto relato histórico que busca un efecto ordenador con el fin de mitificar un proceso o personaje. Pues bien, Yrigoyen conocía muy bien las reglas electorales y sabía cómo proceder dependiendo, por ejemplo, del lugar de votación. Pero este tipo de interpretaciones, basadas en los hechos sucedidos (y no como quisiera alguien que sucediera), suele darse luego de que la canonización de mártires pierde vigor.

Pasaron cien años y si algo mantiene intacta la sociedad argentina es la creencia de una verdad única y absoluta. Entonces la contienda pasa por saber quién la posta y no en darle rienda suelta a los análisis constructivos de posibles soluciones acorde a la coyuntura. Así, la tan fomentada brecha traslada el debate a la barbarie tribunera de depositar los males o las benevolencias en uno u otro sector. Desde la falacia de creer que la transparencia (si es que alguna vez la hubo) llega para quedarse hasta creer en el terrorismo informático y su concadenantes penurias sobre el sistema electoral.

Quizá que la opinión pública cae en las garras de los pronósticos, donde vende más acertar a un resultado que el esfuerzo de elaborar un análisis coyuntural. El Prode seduce y vaya que lo hace tristemente bien: me animaría a afirmar que de la gente (incluidos los expertos), que hablan del voto electrónico o boleta electrónica, con mucha suerte, el 10% leyó completo el proyecto de ley aprobado en la Cámara de Diputados.

Y me animaría a decir que un 90% quiere quedar como superhéroe que anticipa lo que va a venir. En el medio quedan los análisis de cientistas sociales, especialistas que como muchas veces no tienen la posta (o sea, lo que la tribuna quiere escuchar), se los omite.  Entonces queda conformado el escenario ideal para un clásico futbolero donde los argumentos pertenecen más bien a la doxa y no tanto al saber científico.

No va a faltar algún/a ofendida/o que sienta que este texto puede coersionar la libertar de expresión. Simplemente les sugiero tener en cuenta que en buen análisis no es el que pronostica resultados sino es el que toma los elementos de la coyuntura y los pone a prueba con argumentos científicos, esto es, sólidos.

Como democracia incipiente tenemos que celebrar la elaboración de reformas electorales, es un sano indicio. Pero tenemos que comprender que como todo proceso va surgiendo de las necesidades coyunturales y no tenemos que creer que se trata de una lucha por quien tiene la verdad, que como se habrán dado cuenta, no solo que no es única sino que, afortunadamente, nunca tendrá dueño.

[1] “Si el patrón de los gobiernos radicales ha de ser el que padecía y aún padece la provincia de Córdoba, ¡declaro con la franqueza que me caracteriza que no valía entonces la pena que rozáramos siquiera la epidermis del más insignificante de los ciudadanos argentinos!” Cámara de Diputados, 23 de junio de 1917 (extraído del texto “La Reforma y las reformas: le cuestión electoral en el Congreso (1912-1930)” escrito por Luciano de Privitellio y Ana Virginia Persello)