Repaso de los recientes hechos históricos para entender la necesidad de una reforma electoral

Por Nicolás Cereijo[i]

Foto míaPara entender la necesidad de reforma electoral actual es necesario hacer una revisión con lo sucedido en Argentina  desde el inicio del siglo XXI. El siguiente artículo se propone trabajar en esa línea dando a cuenta de elementos coyunturales claves.

La crisis argentina del 2001 ha dejado varias secuelas. En lo que al texto se refiere, significó la sentencia de un bipartidismo PJ-UCR que ya venía haciendo agua desde hacía un tiempo – más que nada producto de la debilidad de la UCR –. En adelante, se produjo una mutación importante en la característica del sistema de partidos. A la debilidad del partido centenario (reflejada en los magros resultados), el campo de disputa electoral se conformó  con actores del Partido Justicialista que al no poder dirimir sus internas partidarias, sumado al convulsionado momento del país, comenzaron a presenterse por cuenta propia. Nótese la debilidad legal (o quizá desinterés en ese entonces) en el armado.  Así, en la elección presidencial del 2003, llegan al ballotage dos representantes del mismo partido que curiosamente defendían modelos bien distintos, pero ambos peronistas: Ménem y Kirchner.

Hay otro elemento que no mencioné que es la canalización de organizaciones sociales y/o barriales que alteraron sustancialmente las formas de representación de la política. El cruel asesinato de Kosteki y Santillán representó el punto cúlmine de una serie de hechos trágicos y represivos que evidenciaron a un Estado con severas faltas de herramientas para abordar los conflictos sociales. En este sentido, el Frente para la Victoria tuvo la virtud de comprender correctamente la coyuntura. Y automáticamente luego de ganar la presidencia con escasa legitimidad, entendió que la clave pasaba por abrirse al nuevo escenario político, el cual incluía necesariamente la incorporación de los movimientos sociales. Y vaya que lo hizo bien, que de ahí en adelante registró incrementos de popularidad a tal punto de obtener el 54% de los votos en la reelección de Cristina en el 2011.

Ahora bien, el gran lector de la coyuntura social del 2003, comenzó a tambalearse a partir de 2013. ¿Por qué? Los motivos son varios. Si bien es verdad que tantos años en el poder generan un desgaste que ningún partido ni político puede sostener con creces en cualquier régimen democrático. Esto es cierto, pero no alcanza.

Aquí, a mi entender, es donde el sistema electoral en general, y los partidos políticos en particular tienen un rol clave como actores protagonistas. Veamos.

Como nunca antes se había visto, en el día de hoy la propuesta de reforma electoral no solo que ocupa la agenda principal del gobierno sino que fue tema de campaña y hasta de réditos traducidos en votos para el actual gobierno nacional. Pero si nos preguntamos por qué ahora, cuando ya hace mucho tiempo que en Argentina los grandes partidos con aparatos fiscalizan a su medida la elección (y hasta tenía su justificación en el “folclore” político, más bien dando un visto bueno a la picardía), hay que buscar respuestas en las demandas ciudadanas.

Y aquí, en una especie de juego de meritocracia, es que se puede pensar que el 2003 tuvo a un gran lector de la coyuntura que fue el FPV. Desde el 2013, el gran lector de la coyuntura política fue, sin duda, el PRO.  Ambos partidos tuvieron la virtud de saber interpretar las demandas reales de la sociedad, los cambios que realmente se esperaban. Nótese que ambos casos surgen con escasos márgenes de apoyo. Alguien puede decir que Macri era Jefe de Gobierno desde 2007. Pero nadie puede dejar de admitir, incluso los más acérrimos militantes macristas, que no se esperaban la presidencia y mucho menos ganar la provincia de Buenos Aires.

Pero no termina acá. El PRO fue tan ´astuto´ para leer el contexto que se dio cuenta que solo no podía. Y entonces se armó el Frente Cambiemos, integrado por una UCR debilitada, sin capacidad de generar un propio líder, pero que aún mantenía presencia en el interior del país – algo que Macri no tenía ni por asomo –. El otro aliado es la Coalición Cívica, que aporta votantes más bien de zona metropolitana – en su mayoría porteños – en un discurso contra la corrupción. Se armó la estrategia perfecta, elemento que le faltó a Massa que, un poco por impericia y otro poco por falta de tacto sobre la realidad, perdió una elección que luego de las comicios legislativos del 2013 parecía (y él mismo se lo pareció) que “estaba todo dicho” para que sea presidente.

Como dice Paula Clerici[1], “el rol protagónico de las alianzas electorales tiene lugar en un sistema de partidos que viene mostrando claros signos de territorialización de la competencia partidaria. Justamente, por aquí pasan las nuevas claves de la política. Por un lado la territorialización”, esto es, la importancia cada vez mayor de las provincias y su peso propio a nivel nacional. Por otro lado, el otro actor que sale a la cancha son las coaliciones electorales.

Todavía es prematuro hacer un análisis del funcionamiento en sí de la coalición de gobierno, pero lo que está claro es la necesaria adaptación de los partidos al nuevo contexto. Por eso se exige una reforma que aborde y repiense a los partidos políticos y que considere seriamente a las alianzas electorales, anclándose sobre una coherencia orgánica que permita construir actores políticos sólidos.

[1] Clerici, Paula “La creciente importancia de las alianzas electorales en un escenario de competencia territorializada. El caso argentino”; Revista SAAP . Vol. 9, Nº 2; 2016. El autor recomienda su lectura

[i] El autor agradece al grupo de investigación de la UBA “Coaliciones electorales” – del cual forma parte –, en especial a sus directores Miguel de Luca, Paula Clerici, Facundo Cruz y Lara Goyburu por el constante apoyo y revisión de las producciones académicas y periodísticas.