Crónica del Debate: La insoportable levedad del ser (candidato).

Rodeado de un aura necesariamente inédita, el domingo presenciamos el primer debate presidencial de la historia argentina. En sentido estricto, la Comisión Organizadora de Argentina Debate, de impecable trabajo, ya había organizado el debate de la primera vuelta, pero la inasistencia de Scioli implicó una devaluación de las expectativas. Por Patricio G. Talavera

Durante 30 años se había extendido la cultura de “el que va primero no debate”. Ello había boicoteado intentos de organizarlos, como cuando en 1989 Bernardo Neustadt concretó la presencia en su programa de Eduardo Angeloz, candidato de la UCR, pero padeció la incomparecencia del futuro presidente Carlos Menem. De La Rúa se negó al mismo en 1999, y Kirchner hizo la propio en 2003 cuando Menem lo desafió antes del ballotage que terminó no siendo. Las ausencias de los candidatos líderes se repitieron en 2007 y 2011, sin costos extras para los ausentes. 2015 pasará a la historia quizás, entre otras cosas, por  haber roto la tendencia: faltar ahora sí cuesta votos.

Dividido en cuatro bloques temáticos (Economía, Seguridad, Educación e Infancia y Fortalecimiento institucional), el debate reconocía preguntas entre los candidatos (lo que dinamizó enormemente el intercambio) y un discurso final de dos minutos por candidato, con la moderación de los periodistas Marcelo Bonelli, Luis Novaresio y Rodolfo Barili. El debate puede dividirse en dos momentos más o menos nítidos: los dos primeros bloques, y los dos segundos. Y no por una cuestión de simetría aritmética: los dos primeros se caracterizaron por un amplio dominio y superioridad de Macri sobre Scioli, mientras que los dos restantes implicaron una recuperación del candidato oficialista.

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Apenas iniciado el debate (enmarcado en un fondo oscuro que hacía escaso favor a ambos candidatos), Macri tomó la ofensiva, emparentando sistemáticamente a Scioli con la continuidad de todo lo negativo de la administración saliente. En su discurso, lució natural, con números y cifras estudiadas, modulando la voz y sobretodo, con una gran capacidad de síntesis que casi nunca excedió el tiempo previsto. Por el contrario, Scioli demostraba una gran tensión que se materializó una andanada de tics nerviosos (parpadeo, muecas, respiración agitada) que dejó la percepción de no esperar una ofensiva tan directa y temprana como la instrumentada por Macri. El candidato de Cambiemos desarmó en esos bloques la estrategia de la campaña negativa de Scioli con ironía, tratando de mostrarse cercano, e insinuar que Scioli cambiaba su actitud hacia una mayor ofensividad por influencia del kirchnerismo, lo que Scioli se mostraba ineficiente en desmentir, cuando invitaba a Macri a dejar de “pelearse con el gobierno que termina el 10 de diciembre”. “En que te has convertido, Daniel?” le espetó al borde de la sobreactuación un casi paternal Macri, que crecía en confianza cuanto más Scioli se encerraba en sus evasivas (contestó una porción muy menor de las preguntas que Macri le planteaba). El candidato del Frente para la Victoria, en creciente tensión y pasándose de los tiempos casi siempre, eligió pasar a la ofensiva planteando la polaridad Ajuste-No Ajuste, tratando de enmarcar al candidato de Cambiemos en el primer ítem. Con ironía y sutileza, Macri desarmó esos intentos, y capitalizó las debilidades del discurso sciolista: “Ahora entiendo a los periodistas, es frustrante. No contestás nunca lo que se te pregunta”. Scioli abusó de las evasivas, y cuando no lo hacía, no lograba ser convincente. Por momentos, parecía alguien que defendía convicciones ajenas, mientras que Macri lograba aparentar serenidad y mayor naturalidad en las respuestas, aún cuando aquellas carecían de fondo.

Pasado el cuarto intermedio para la publicidad, la segunda mitad del debate cambió el ritmo del intercambio. Scioli, que lucía discursivamente vacío, repetitivo, “caseteado”, y con una gran tensión interna, finalmente fue construyendo interpelaciones que incomodaron al candidato opositor. En materia de seguridad y al abordar la cuestión del narcotráfico, Scioli inició la operación de marcar las inconsistencias entre el accionar pasado y el discurso presente del líder del PRO: “No solucionaste el tema de los trapitos y querés solucionar el tema del narcotráfico?” le espetó el ex motonauta a Macri, quien eligió evadir la embestida y cambiar de tema. A partir de allí y sobre todo en el tercer bloque temático, Scioli enfatizó, mejorando su expresividad, otrora un tanto robótica, la escasa relación entre el discurso legalista del PRO y las causas judiciales de Macri; el apoyo reciente a medidas del kirchnerismo y el voto en contrario durante los últimos 12 años en el Parlamento, de la misma formación. Fue el principal momento del debate donde Macri pareció no saber bien que responder: se sumergió en generalidades, no contestó estrictamente lo que se le planteaba, incluso perdió modulación y ganó en nerviosidad. Nunca más volvería a recuperar el predominio de los dos primeros bloques. El máximo “momentum” de esa etapa fue el recordatorio realizado por Scioli del procesamiento por escuchas ilegales que padece el todavía Jefe de Gobierno. Macri, titubeante, habló de “denuncias truchas”, y no logró enhebrar una respuesta coherente.

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Instalada cierta percepción de empate temporal, Macri buscó retomar la ofensiva en el cuarto bloque, a priori desfavorable para el kirchnerismo, “Fortalecimiento institucional”. Aunque recuperó fuelle, Macri no logró una superioridad decisiva, y perdió tiempo en temas un tanto peregrinos para la mayoría de la opinión pública, como los presos políticos en Venezuela y la actitud del gobierno argentino en ese caso. Scioli mantuvo, por su parte, la actitud desafiante que traía desde el tercer bloque, pero moderándola al punto de no hacerla decisiva, como si había sido en el bloque anterior. Esa actitud fue disolviéndose conforme se aproximaba el final del debate, y Scioli no supo aprovechar la ventaja de ser él quien cerraba con dos minutos de conclusión el encuentro, retornando a generalidades olvidables y a polarizaciones forzadas con Macri. En esas apuestas de “Ajuste vs No Ajuste” Scioli no utilizó o subutilizó herramientas que sí podían haber puesto al candidato opositor a la defensiva. Macri capitalizó, con poca regularidad, esos vacíos. El discurso final del líder de Cambiemos quizás haya sido lo peor de su intervención del domingo a la noche: apelaciones genéricas al “cambio”, a “la alegría”, a “poder juntos”, que seguramente hicieron las delicias de sus críticos en las redes sociales, y que parecía más propio de un pastor evangelista que un candidato presidencial. El mismo monólogo terminó con un “Vamos Argentina!”, ya abiertamente sobreactuado, cómico y fuera de contexto.

Pese a eso, el manejo del formato y la gran superioridad demostrada en la fase inicial del debate, puede que habilite a pensar que Mauricio Macri fue el ganador del intercambio, consolidando su ventaja inicial previa con respecto al candidato oficialista, que debía estar a la ofensiva y ganar obligadamente el debate con autoridad, algo que no hizo. En materia de propuestas, ambos candidatos se mostraron con una pobreza franciscana: apenas si relució el Plan Belgrano para Obra públicas en el Norte (sin explicar financiación) por el lado de Macri, y la reforma de la ley de coparticipación (sin detalles) por el lado de Scioli. Si el “qué hacer” fue escaso, el “cómo hacerlo” fue directamente inexistente, lo cual es de cierta gravedad cuando el contexto que el nuevo presidente heredará no es precisamente de progreso boyante.

Pese al pobre nivel expuesto por ambos candidatos, la concreción del debate en sí mismo es un enorme paso en la capacidad de control de los ciudadanos sobre sus gobernantes, al forzar a contrastar planes, ideas y temperamentos. ¿Influye un debate en el voto? No más y quizás menos que otros factores, seguramente. La experiencia internacional marcaría que sólo en contextos de alta competitividad, con diferencias inferiores a los 5/4 puntos entre candidatos, el debate puede ser decisivo. En España, el socialista Felipe González se valió de él para revertir la diferencia que en 1993 le sacaba el conservador José María Aznar. En Francia, el liberal Válery Giscard D´Estaing lo capitalizó en 1974 para revertir en ballotage la ventaja del socialista Francois Mitterrand. En Ecuador, en 1984, el conservador León Febres Cordero logró la victoria luego de un rutilante debate donde avasalló al candidato socialdemócrata Rodrigo Borja. El debate también puede hundir definitivamente a candidatos que ya vienen en situación de inferioridad: el republicano John McCain tuvo malas performances que facilitaron en 2008 el triunfo de Barack Obama. En 2014, Aécio Neves se vio superado por Dilma Rousseff en Brasil en los últimos debates presidenciales previos al ballotage. En la mayoría de los casos, la influencia es relativa y escasa, pero el potencial en un escenario reñido altera su impacto. En este caso, probablemente nadie haya cambiado sustancialmente su voto después del domingo a la noche. Macri probablemente no convenció a más personas de las ya predispuestas a votarlo, aunque Scioli quizás sí haya perdido algún que otro voto del electorado independiente, sobre todo por su performance inicial. Pero nada decisivo.

El debate fue, en líneas general, un evento del cual sentirnos satisfechos, con moderadores preparados, un alto rating televisivo, la participación de la universidad pública y madurez de sectores antagónicos para acordarlo. La  banalidad y levedad de contenidos de los candidatos fue, sin embargo, una mancha que deberemos esperar cuatro años más en ver si logra ser borrada.

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