Tránsfuga, entre la libertad de conciencia y el fraude

A continuación te presentamos una nueva columna de Norberto Quaglia, Titular de la Cátedra de Sistemas Electorales Comparados de la Licenciatura en Ciencia Política y de Gobierno en la UCES

Por el Lic. Norberto Quaglia

quagliaHay una vieja disputa entre los políticos que es la de determinar la titularidad de un escaño o banca, o sea, si la ocupación de ese espacio le corresponde al partido o a la persona seleccionada para ocuparlo. Hasta hora parecería ser propiedad de esta última.
Eso acarrea varios inconvenientes, entre los que se encuentra por cierto, el mayor dilema que enfrentan los responsables del diseño de un sistema electoral. Se trata de la incertidumbre de que el resultado obtenido de su aplicación refleje claramente la voluntad del elector.
¿El elector, vota al primero; al quinto o al sexto de la lista o vota la lista completa de una agrupación política? Si es así, o sea que nos encontramos ante una situación de lista cerrada, la banca debería corresponderle al partido. En cambio, si la lista es abierta, donde se ofrece la opción de ordenar o seleccionar preferencias entre la oferta de candidatos, es muy probable que este espacio ganado así, por un candidato determinado, le pertenezca a él.
Es menester aclarar que la banca o cargo en juego, siempre pertenece al pueblo, quien es el encargado de elegir entre los diversos postulantes, a quien elige para ocuparlo.
Integrar una lista significa una labor titánica, el costo publicitario, organizativo y operativo para lograr alcanzar el objetivo es una tarea conjunta de un colectivo que sacrifica horas e invierte mucho dinero propio y ajeno para satisfacer las expectativas y ganar la voluntad del electorado, sin contar el dinero que aporta el Estado para hacer posible esta tarea. Este esfuerzo, al pertenecer a una agrupación de personas, de ninguna manera puede estar sujeto a un proyecto personal.
Las bancas y cargos, insisto, pertenecen al pueblo, quien establece mediante un sistema determinado, la forma de distribución entre los individuos elegidos. Por lo tanto, si se elige mediante una lista partidaria, estos lugares deben ser cubiertos por integrantes del partido y estos escaños pertenecen por lo tanto, a las agrupaciones.
Por su parte, si ocurriera que una persona que ha sido elegida como representante por una agrupación ve la necesidad de abandonarla, debería dejar atrás todo aquello que lo une a ese colectivo, entre esas cosas obviamente está incluida la banca o los cargos que esa agrupación le adjudicó.
Diferente sería si los cargos se eligieran en forma uninominal, ya que en este caso serían personas que compiten por un cargo y no agrupaciones, así bien se podría argumentar que los electores optaron por determinada persona y no por el partido político.
En definitiva si una persona abandona una fuerza política que la llevo a ocupar un espacio, debería hacer abandono del partido. Caso contrario correspondería resarcir al partido y al pueblo del proporcional del gasto que significó alcanzar ese lugar y tránsfugar a otro.