La Crisis de los “califatos” bonaerenses. El nuevo mapa del conurbano

Las elecciones del 25O han dejado un nuevo mapa del conurbano, y han roto continuidades históricos a escala municipal, con un innegable impacto en la política nacional

conurbano

Por Patricio G. Talavera

Una de las grandes sorpresas del domingo fue, sin duda, la victoria del PRO luego de 28 años de hegemonía peronista en la Provincia de Buenos Aires. Dicha victoria está sustentada en varios factores, pero uno de ellos reluce especialmente: la notable cosecha de intendencias que Cambiemos arrancó al Frente para la Victoria en lo que es su zona de máxima influencia, el Conurbano bonaerense. Sus 24 distritos aglutinan al 63% del electorado provincial, y su importancia es tal que muchos de sus municipios son comparables en magnitud a provincias argentinas, con importancia política que muchas veces, trasciende la del mismo gobernador.

Un caso particular es Tres de Febrero. Municipio gobernado  por el metalúrgico Hugo Curto desde 1991, las encuestas aquí sí lograron acertar: el periodista Diego Valenzuela ganó por amplio margen, con el 43% de los votos contra el 30% del cacique justicialista, el cual desde 2009 veía progresivamente menguada su célebre invulnerabilidad electoral. Otro tanto ocurrió en Pilar. Municipio componente del “cordón atlántico” que abarca desde Escobar hasta parte de Quilmes, se trata de una región tradicionalmente refractaria al Frente para la Victoria en particular en la última década, y al peronismo en general.  Aquí realizaron sus mejores elecciones las diferentes variantes de coaliciones opositoras (Acuerdo Cívico y Social, Unión PRO con De Narváez, UDESO etc.). Su intendente, Humberto Zúccaro, fue finalmente desplazado luego de 12 años de gobierno municipal. El nuevo titular del ejecutivo local será el líder de Cambiemos Pilar Nicolás Ducoté, el cual obtuvo el 46,6% de los votos, frente al 35,8% de Zúccaro.

En este caso, Zúccaro ya venía golpeado por sus idas y venidas del Frente Renovador, y había padecido fuga de concejales. El  kirchnerismo le había impuesto concurrir en competencia a las PASO con el sciolista José Molina, a quien derrotó con esfuerzo por apenas 54 votos. Ducoté y el PRO ratificaron el domingo lo obtenido en agosto: su condición de primera fuerza. Otra víctima de sus vaivenes políticos fue el histórico mandamás de Malvinas Argentinas, Jesús Cariglino. Intendente desde 1995, ex PRO devenido en massista, se vio sorpresivamente derrotado por el candidato kirchnerista Leonardo Nardini por estrecho margen: 44,3 contra 42,2%.  Principal armador del macrismo hasta este año, en terreno bonaerense, era uno de los intendentes con mayor fortaleza territorial, y contrincante desde hace varios años del kirchnerismo más ortodoxo. En medio de la “ola amarilla”, en Hurlingham el kirchnerismo tuvo otra satisfacción. El  ex jefe de la ANSES local, Juan Zabaleta, se impuso con casi el 38% al candidato de Cambiemos, Lucas Delfino, con un 28,3%. En las PASO, Zavaleta había derrotado a otro histórico del Conurbano, y ex massista vuelto al redil del kirchnerismo: Luis Acuña, jefe comunal durante 14 años.

Sin embargo, una de las notas más sorprendentes de la jornada fue Morón. Bastión del candidato a vicegobernador de Aníbal Fernández, Martín Sabbatella, desde 1999, consagró como nuevo intendente al esposo de María Eugenia Vidal, Ramiro Tagliaferro, con un 42,6% de los votos, frente a un 32,2% del hermano de Sabbatella, Hernán Sabbatella, quien había recibido múltiples apoyos, incluyendo a Marcelo Tinelli. Otro tanto aún más notable ocurrió en el municipio mismo de Aníbal Fernández, Quilmes. Allí gobernaba un rival interno de Fernández dentro del FPV, el ex sindicalista metalúrgico Francisco Gutiérrez, intendente desde 2007. Se trata de un distrito que conoció  relevos generacionales de dirigentes estrictamente peronistas: Eduardo Caamaño (1983-1991), Aníbal Fernández (1991-1995) Federico Scarabino (1995-1999, actual armador político del PRO), Sergio Villordo (1999-2007) y ahora Gutiérrez desde 2007. Cambiemos, y en especial el PRO, eligió al chef Martiniano Molina para dar la pelea, y lo hizo en forma muy exitosa: logró más del 44% de los votos, 12 puntos por arriba del jefe comunal, quien descendía en votos a niveles de la elección de 2007. Otra sorpresa se dio en la capital provincial. Pablo Bruera, amplio ganador de la interna del FPV frente a la ultrakirchnerista Florencia Saintout, fue a su vez ampliamente derrotado por el candidato de Cambiemos La Plata Julio Garro, que se consagró con el 41,3% frente al 28% del actual jefe comunal. El peronismo controlaba el municipio desde 1987, cuando desalojó al intendente radical Pablo Pinto, y había sido gobernada, en 28 años, por dos hombres: Bruera y el actual Ministro de Justicia, Julio Alak.  La última gran sorpresa del conurbano fue Lanús. Allí el ministro de Economía de Macri en la Capital, Néstor Grindetti, intentaba por segunda vez ser intendente. El desgaste generado por la gestión de Darío Díaz Pérez terminó pesando más que la renovación dirigencial que impulsaba el actual viceministro de Justicia y camporista Julián Álvarez: Grindetti logró el 37%, un punto más que el candidato oficialista. El peronismo controlaba el distrito desde 1946.

Pero no todo fue alternancia, y los oficialismos, tanto kirchneristas como opositores, consiguieron reválidas importantes. Ahí están los casos de La Matanza (donde la heredera del intendente Fernando Espinoza, Verónica Magario, ganó por 22 puntos al candidato de Cambiemos, el ex ruralista Miguel Saredi) y Lomas de Zamora (Martín Insaurralde fue reelecto con más del 47% de los votos). En Avellaneda, bajo control peronista desde 1991, Jorge Ferraresi, heredero del histórico líder “Cacho” Álvarez (ex massista, hoy sciolista) se impuso por 15 puntos a Gladys González, diputada nacional del PRO.  Cambiemos revalidó también su dominio en la históricamente antikirchnerista zona norte, con abrumadores guarismos por parte de Jorge Macri en Vicente López (54%) y Gustavo Posse en San Isidro (52%). El massismo duro resistió la embestida y las fugas en distritos importantes: Julio Zamora, delfín de Massa en Tigre, venció claramente al empresario de medios kirchnerista Sergio Spolski, 44 a 26%, y Joaquín De La Torre, fundador del Frente Renovador con Massa y en algún momento precandidato a gobernador provincial, logró un triunfo algo ajustado frente al kirchnerista Franco Laporta. Por último, Mariano Cascallares (que derrotó al ex massista Darío Giustozzi en las PASO) logró reconvertir a Almirante Brown al redil del Frente para la Victoria, derrotando con un 43% a Carlos Regazzoni, candidato de Cambiemos, que sacó un 28%. Otras victorias se dieron lugar en Escobar (Ariel Sujarchuk), Moreno (Walter Festa) y Mercedes (Juan Ustarroz, hermanastro de Wado de Pedro). Alberto Descalzo, intendente de Ituzaingó desde 1991, consiguió un agónico triunfo (2 puntos), mientras que Fernando Grey y Julio Pereyra ratificaban para el FPV su dominio de Esteban Echeverría y Florencio Varela respectivamente.

¿Que ocurrió para que viejos barones bien asentados  en sus territorios, en incluso, muchos de ellos con encuestas a favor, se vieran sorpresivamente desalojados? Aun faltando tiempo para el análisis reposado, se pueden realizar algunas inferencias. Como ya había demostrado las elecciones de 2009 y 2013, la permanencia durante varios mandatos de muchos intendentes, su control del aparato estatal y los recursos, los había autonomizado en muchos aspectos ,  no sólo con respecto al gobernador, sino también de su propio partido. De esa manera, su situación privilegiada le daba capacidad de maniobra y poder de negociación y chantaje sobre candidaturas. De no obtenerlo, podía apelar al estímulo no explícito del corte de boleta y movilización negativa contra un candidato. Algo de eso se vio con Kirchner en 2009 y con Aníbal Fernández el domingo en Berazategui. En el primer caso, Juan Mussi había logrado casi el 60% de los votos, mientras Kirchner apenas superaba el 40%. Fernández rondó el 40% el domingo, mientras que Mussi hijo era ampliamente reelecto, con el 55% de los votos.

La autonomización de los intendentes había llegado a su cenit en 2013, con la emergencia del Frente Renovador, un desafío exitoso al poder del gobernador y del presidente. Dicho proceso dificulta la construcción de candidaturas provinciales y aún locales, al obligar a atender particularidades y demandas cada vez más acusadas en la conformación de listas en los municipios, a consenso más amplios y difíciles de enhebrar, y aumenta la posibilidad de fugas, disidencias y contradicciones, con la consecuente fuga de votos y debilitamiento del aparato. La proliferación de las PASO y la canalización de tensiones mediante primarias también dejaron al descubierto los deficitarios mecanismos de contención postelectoral dentro del peronismo: Zúccaro poco logró retener de los votantes de Molina,  y otro tanto le costó a Menéndez en Merlo con respecto al ahora ex intendente  Raúl Othaecé.  Todo esto hacía difícil mantener la cohesión necesaria para la construcción de una fuerza provincial sólida como la desplegada hasta el momento, máxime cuando surgían alternativas desde Cambiemos y el Frente Renovador tan políticamente rentables como las que hasta ahora parecía ofrecer el Frente para la Victoria. La “ambulancia” pinchó goma, y llegaba tarde y mal para atender a los heridos, que preferían cambiar de “Obra Social” antes de esperar nuevos intentos de fidelización política. Al desgaste natural de la gestión (Quilmes, Moreno  y Tres de Febrero, por ejemplo) , se sumó también una oposición que cambió sus prácticas y comenzó a trabajar territorialmente, mejorando así desde 2013 sus guarismos en territorios históricamente refractarios, como Quilmes, La Matanza, Lanús o Merlo. Y sólo extraordinarias desinteligencias internas de Cambiemos impidieron algo parecido en Berazategui o Avellaneda.

El peronismo provincial, excesivamente confiado en su poderío de 28 años, que se había sobrepuesto a derrotas nacionales (como la de 1999) no estimó los daños eventuales que las tensiones internas podían generar, y el peronismo se vio “microbalcanizado” en un gigante rompecabezas de rivalidades comarcales que, en un juego de restar más que sumar, golpeaban al cuerpo total de la boleta electoral, produciendo un resultado inédito en una provincia donde la correlación de resultados provinciales con respecto a los resultados nacionales, siempre fue muy alta, por lo menos  desde 1951.

“Cocodrilo que se duerme es cartera” reza el refranero popular. Y Cambiemos, refinando y adaptando sus prácticas mejor que todos sus antecesores, se transformó en una silenciosa y eficiente marroquinería que transformó a caleidoscópico el (casi) monocolor universo municipal bonaerense. Esa estructura de oportunidad es la que Cambiemos, más intuitiva que planificadamente, aprovechó, lo que no significa que el peronismo este confinado políticamente ni mucho menos. Cambiemos, si bien ha realizado una excepcional elección, controla sólo 64 de los 135 municipios, y dependerá de la gestión de Vidal para aumentar y consolidar su poder, claves en la continuidad. Lo que es decir que dependerá muy decisivamente de que Macri, como indican las primeras encuestas, se imponga a Scioli el 22 de noviembre. La construcción provincial emerge como espejo dependiente de la construcción nacional.