La tarea de fiscalizar

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La fiscalización es control, pero a la vez compromiso; es involucrarse y ser parte.  La experiencia de fiscalizar en las primeras elecciones primarias de la Ciudad.

Por Lic. Laura Virginia Mor

A todo politólogo suele interesarle lo referido al sistema electoral y el acto eleccionario en sí; y yo no soy la excepción a la regla. Desde tiempos en la Universidad llamó mi atención los sistemas electorales de los distintos países y sus fortalezas y debilidades. Las elecciones, el acto de que el Pueblo elija – aún entre candidatos o precandidatos elegidos por los partidos- son una institución de la democracia, y compromete directa o indirectamente al ciudadano a participar en la vida política del país. La transparencia es uno de los pilares fundamentales para que esos ciudadanos se sientan interesados en participar. La fiscalización se transforma entonces, en una herramienta necesaria para mantener y mejorar esa cualidad de transparencia del proceso eleccionario y democrático.

En varias elecciones anteriores he sido autoridad de mesa, pero en estas últimas elecciones primarias en la Ciudad de Buenos Aires opté por la experiencia de ser Fiscal General. La Comuna asignada era la 4, el barrio, Parque de los Patricios. En esta ocasión, además de ser las primeras PASO para los porteños, la elección contaba con un componente que le daba cierto grado de curiosidad tanto a electores como a fiscales: la boleta única electrónica (BUE). Si bien la Legislatura no habilitó al gobierno local el utilizarlo efectivamente, algunos electores contaron con la posibilidad de realizar el simulacro del sistema que se aplicará en las próximas elecciones generales el 5 de Julio en la Ciudad.

Un Fiscal General -para adentrarnos en tema- no es una autoridad; sino que es aquel que controla el desempeño de la autoridad de mesa, fiscaliza las operaciones del acto electoral y efectúa los reclamos que estime pertinentes ante alguna anormalidad en el transcurso del acto electoral y/o el escrutinio final; es decir, aquel que actúa como veedor del normal desarrollo del proceso. Como a la mayoría de las personas, a las autoridades de mesa suele incomodarles la presencia de alguien que supervise su trabajo, por lo cual se vuelve fundamental lograr cordialidad y respeto entre las distintas tareas. Las escuelas suelen contar con 6 a 14 mesas de votación. 14 fue el número en mi caso, haciéndose necesario lograr coordinación, acuerdos y compañerismo entre los diferentes fiscales generales que nos encontrábamos allí. No es una tarea fácil, dados los muchos intereses en juego, pero no por eso, debe transformarse en misión imposible. Todos estamos en el mismo barco, y para que un barco no se hunda, la complementariedad es fundamental. Se estipula por medio del consenso la periodicidad entre fiscalización y fiscalización, que suele ser entre hora y hora y media, dependiendo de la cantidad de electores presentes y de cómo se va desarrollando la jornada. Entre camaradería, relatos y acuerdos transcurre el día y llega el escrutinio de todas las mesas, casi simultáneo, y el caos reaparece. Como es lógico, habiendo 14 mesas, es humanamente imposible que todos los fiscales presencien todos y cada uno de los escrutinios completos; así que nuevamente los acuerdos y el compañerismo, como en la vida, vuelven a ser indispensables en el momento culmine: el de repartirse los escrutinios, compartir las actas y ayudar a que ninguno se pierda la tan ansiada firma del Presidente de Mesa que de validez y legalidad a cada acta.

Si en cada elección se profundiza nuestra democracia, en cada fiscalización se profundiza la humanidad, esa humanidad que como sociedad logre que algún día, este barco navegue para un mismo lugar, un lugar que nos permita crecer como Nación soberana, a pesar de nuestros intereses individuales y nuestras diferencias.