Leandro Bottinelli: “El debate sobre educación va a ser algo más específico que en campañas anteriores.”

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Leandro Bottinelli es sociólogo graduado de la Universidad de Buenos Aires. Actualmente desarrolla actividades de enseñanza e investigación en la UBA y en la Universidad Pedagógica. Es consultor en organismos gubernamentales e internacionales en temas de política educativa. En entrevista con Argentina Elections habló fundamentalmente de la presencia de la educación en las diversas agendas de campaña electoral, planteando el debate de distintos modelos teóricos en pugna.

 

Nicolás Cereijo: ¿Qué análisis hace en relación a los temas de agenda de campaña de los principales candidatos presidenciables en materia de educación?

Leandro Bottinelli: Ya en esta segunda mitad de 2014 puede advertirse que la educación como tema va a tener una presencia importante en la campaña para las presidenciales 2015, una relevancia como quizás no la tuvo en ninguna de las campañas anteriores. En los últimos años el debate público sobre el sistema y las políticas educativas adquirieron una gran visibilidad, no solo en medios gráficos, sino también en los radiales, televisivos y en redes sociales como facebook o twitter, algo que no ha pasado inadvertido para la clase política. A los ejes clásicos que siempre tuvieron presencia mediática (paros docentes, los mal denominados casos de violencia escolar, los déficits de infraestructura o los “bochazos masivos” en ingreso a alguna carrera universitaria, para mencionar los más comunes) se sumaron otros como los resultados de las pruebas de aprendizaje (PISA), el crecimiento de la educación privada, los niveles de inversión educativa o la creación de nuevas universidades. Más allá de que la educación es siempre un terreno fértil en materia de discurso político, entiendo que es la mayor visibilidad pública la que va a obligar a los candidatos a prestarle mayor atención al tema en su campaña.

Por otra parte, creo que el debate sobre educación va a ser algo más específico o informado que en campañas anteriores. Esto se debe a la proliferación de datos y diagnósticos sobre el estado de la educación sumado al antecedente de varios años de debate intenso en medios y redes. A los candidatos ya no les va alcanzar con las clásicas referencias generales a la educación como clave para el futuro del país, a la defensa de la escuela pública o al salario docente. Las propuestas tendrán que ser más elaboradas porque el piso de debate es más alto.

Hasta el momento se han visto a tres posibles presidenciales difundir o referenciarse con una propuesta concreta y sistemática sobre educación. Por un lado Sergio Massa que hacia junio de este año presentó públicamente un documento con propuestas que pivotean en torno a darle mayor autonomía a las escuelas, la centralidad de la evaluación y referencias a la recuperación del prestigio de la docencia. Recientemente (fines de octubre), Julián Domínguez también hizo público un documento sobre la futura agenda educativa que gira en torno a la necesidad de fortalecer la formación docente, profundizar el rol de las universidades y financiar parte de las reformas educativas con recursos que surjan de las nuevas explotaciones petroleras. En tercer lugar está el caso de Julio Cobos que, más que difundir un documento de políticas, publicó un libro bajo su nombre el año pasado con propuestas educativas relacionadas con los resultados de aprendizaje, la articulación educación-trabajo y también con ideas sobre la valorización del rol docente. Como se ve, el debate sobre los docentes aparece en todos los discursos, en algunos casos más vinculado al prestigio de la profesión, en otro, a su formación.

NC: De la actual política educativa ¿qué aspectos considera necesario continuar y cuáles son los que hay que rever o modificar?

LB: La obligatoriedad del nivel secundario (sancionada en la Ley de Educación Nacional de 2006) es el gran eje que articuló buena parte de las políticas educativas de los últimos años. Esa línea de política debería continuar, profundizarse, mejorarse, ya que es la que permitió rearticular la escuela secundaria segmentada anteriormente en EGB3 y Polimodal. Además, esto implica la expansión de los niveles de escolaridad de toda la población, algo que tiene especial impacto en los sectores populares y en las regiones más postergadas del país, donde el acceso a este nivel de enseñanza exhibe los mayores déficits. Por otra parte, desde mi punto de vista, los niveles de aprendizaje que alcanzan los estudiantes son un aspecto sobre el que el próximo gobierno tendrá que trabajar mucho más, ya que entre un tercio y la mitad de los alumnos (según el nivel de enseñanza, la materia y la medición que se considere) no alcanzan resultados satisfactorios si se consideran las pruebas externas y estandarizadas que se aplican desde diferentes instancias.

NC: Frente a ciertos pronósticos, muchos sin fundamento, del deterioro de la educación argentina, desde el gobierno nacional se sostiene que hubo mayor inclusión y mejoría en general en los niveles primario, secundario y universitario. ¿Qué nos puede decir al respecto?

LB: Hay una cierta forma de pensar los problemas de la sociedad, de la cultura y de los países a partir de construir una época de oro ubicada en el pasado a la que la sucede un largo derrotero de decadencia. En general se trata de un tópico frecuente en el pensamiento conservador pero que tampoco se haya ausente en cierto ideario progresista. Según diferentes visiones, la época de oro de la educación en nuestro país podría ubicarse en la etapa fundacional del sistema educativo (bajo la figura de Sarmiento o de la sanción de la ley de educación pública 1.420 en 1884); hacia el Centenario con la fuerte expansión de la escuela primaria que tendía a la homogenización cultural de la población inmigrante para formar el “crisol de razas”; en los primeros gobiernos peronistas cuando tuvo un notable desarrollo la educación técnica; o en lo que se conoce como la época dorada de la universidad en la década de 1960.

Cada concepción ubica “en el después” de esa etapa el inicio de una larga decadencia. Creo que se trata de perspectivas que no se sostienen cuando se observan datos sobre la evolución de los niveles de analfabetismo, las tasas de asistencia o se reconocen la existencia del castigo físico o de un pesado autoritarismo en las instituciones educativas. En este sentido, vale la pena revisar el libro Mitomanías educativas que publicaron recientemente Alejandro Grimson y Emilio Tenti Fanfani sobre esta cuestión. En definitiva, creo que esas visiones “decadentistas” son un obstáculo para el debate sobre el presente de la educación y sobre las políticas que son necesarias para mejorar este presente.

NC: Entonces…. ¿cuál sería en concreto el diagnóstico para esta última década kirchnerista?

LB: Creo que un diagnóstico sobre lo sucedido en los últimos años en nuestro país en el campo educativo debe reconocer fundamentalmente dos cosas. Primero, la importancia de haber elevado los niveles de inversión hasta casi el 6% del PIB, luego de más de 30 de años de desfinanciamiento de la educación. Segundo, valorar los avances en las tasas de asistencia escolar, en particular, en los niveles “extremos” del sistema como el inicial y el superior y universitario, mientras en primaria se mantuvieron los valores de cobertura en torno al 100% y en secundaria se mejoraron también las tasas pero de modo más moderado.

A su vez, también este período registró dificultades tales como las desiguales trayectorias en la escuela secundaria, marcadas por repitencia o el abandono que hacen que algo menos de dos tercios de los estudiantes finalicen el nivel. También por los estancados e insatisfactorios niveles de aprendizaje. Pero señalar y analizar estos problemas es ubicarse en otro paradigma, distante por cierto de las enunciaciones apocalípticas sobre la decadencia educativa.

NC: Por último, ¿cómo ve la actual situación de la educación pública a nivel nacional y de la Ciudad de Buenos Aires?

LB: A nivel nacional la situación de la educación pública es contradictoria. Por un lado se ha observado un incremento relativo de la matriculación en instituciones privadas que pasó del 23% al 27% en los últimos diez años, en el marco de un período de crecimiento económico y de los ingresos y en un cuadro general de largo plazo en el que un segmento amplio de los sectores medios urbanos encuentra en la escuela privada algo que las públicas, en general, parecen no ofrecerle. A veces se hacen referencias a los paros docentes o a la previsibilidad en el calendario escolar, pero las razones de ese fenómeno pueden ser más profundas. Por otro lado, se observa un incremento en la inversión por alumno en las escuelas públicas (mientras permanecen estables las transferencia a escuelas privadas) y una dotación de recursos mayor en muchas de las instituciones del sector estatal.

Una encuesta realizada por el Observatorio de la Deuda Social de la UCA mostraba que entre 2010 y 2012 habían mejorado las opiniones sobre la educación en general, tanto en padres que envían a sus hijos a escuelas privadas, como en aquellos que lo hacen a escuelas públicas. En este último caso, y si bien partiendo de valores más bajos, la mejora en las opiniones era más marcada, algo que el informe atribuía justamente a las mejoras edilicias, de infraestructura y de recursos con que contaron las escuelas en el período. Las familias valoran mucho este aspecto de la “calidad educativa”, algo que no siempre captan las pruebas y diagnóstico más estructurados. Entiendo que para la Ciudad cabe un diagnóstico similar, si bien la participación del sector privado es históricamente más alto que en el resto del país.