El fantasma de la abstención

El pasado 14 y 21 de marzo se celebraron las elecciones regionales en Francia, una de las democracias más consolidadas en un país con una fuerte tradición republicana y participación cívica. Sin embargo, los recientes comicios mostraron la más fuerte abstención desde las elecciones de 2004: casi un francés sobre dos no se presentó a votar. La abstención es uno de los males que aqueja las democracias modernas y países como Argentina no están exentos. Las elecciones argentinas de 2009 mostraron el mayor absentismo desde el retorno de la democracia en 1983. Por Hugo Passarello Luna


El caso francés
Sólo alrededor del 51 por ciento de los electores franceses se presentaron a votar en las recientes elecciones regionales de Francia que tuvieron como ganador a los partidos de la oposición, en particular al Partido Socialista y Europa Ecología, que alcanzaron el 54,3 por ciento. El partido gobernante UMP (Unión por un Movimiento Popular) quedó en segundo lugar, con un 36,1 por ciento, como castigo a la administración del presidente Nicolás Sarkozy que no convence a sus compatriotas.
Por otra parte que se registró un fuerte repunte del partido de extrema derecha, el controversial Frente Nacional, liderado por el histórico Jean-Marie Le Pen, conocido por su intolerancia y racismo, que obtuvo un 8,7 por ciento a nivel nacional.
Cabe destacar que en Francia el voto es voluntario, a diferencia de Argentina y otros países de la región Latinoamericana, donde el ciudadano, salvo algunas excepciones, está obligado a votar.
La mayoría de los franceses decidió no presentarse a las urnas, acrecentando una tendencia que se manifestó fuertemente en el 2004 en el marco de las elecciones europeas, donde apenas un 43 por ciento emitió su voto. Las razones que dan los electores galos son variadas, entre ellas se resalta una desvalorización del voto. Es decir, muchos están convencidos que su voto no puede alterar una realidad que desean cambiar. Otro sentimiento que expresan quienes se abstienen es la desconfianza y desilusión frente a la clase política a la que ven como ajena a las circunstancias del hombre y mujer común, y no responden a sus preocupaciones, prometiendo en campaña y faltando a su palabra una vez en el puesto.
Jean-Yves Dormagen y Céline Braconnier, investigadores en ciencias políticas y autores del libro La democracia de la abstención (La Démocratie de l’abstention. Aux origines de la démobilisation électorale en milieu populaire) explicaron al diario francés Le Monde que la abstención es más fuerte en las áreas urbanas habitadas por la clase trabajadora y, en general, inmigrante.
Según los académicos: “En esos barrios la gente ya no espera casi nada de la política. No aporta más nada. La abstención no es un acto de protesta. [La cuestión] es más profunda: el juego de la política les es totalmente ajeno.”
Y lanzaron una advertencia que vale la pena tomar en cuenta: “El cuerpo electoral se vuelve cada vez menos representativo del cuerpo ciudadano.” O sea, los candidatos electos y por extensión el proceso democrático mismo van perdiendo legitimidad.
¿Y Argentina?
Las elecciones legislativas del 2009 en Argentina registraron una abstención de entre un 25 hasta 35 por ciento, dependiendo de las jurisdicciones, la más importante desde la vuelta a la democracia en 1983. A pesar que el voto es obligatorio y se prevén penas para quien no acate, los argentinos parecen estar encaminados a ausentarse cada vez más de las urnas.
El acento podrá ser diferente pero el elector argentino esgrime razones similares al francés para negarse a cumplir con su deber cívico.
El razonamiento que el voto no vale y que nada se puede cambiar participando es, por lo menos, errado. Las cosas cambian aun menos si uno no hace nada. En todo caso, si cambian lo harán de acuerdo a los caprichos de una minoría. Por ejemplo, en Francia, el movimiento de Jean Marie Le Pen a pesar que represente a un escaso sector de la ciudadanía puede acceder a posiciones de poder no sólo gracias a la sólida cohesión de sus simpatizantes siempre motivados a votar sino también a la inacción del resto de la población frente a las urnas ya que el porcentaje se calcula sobre los votos emitidos y no sobre el total de electores habilitados. Durante la elección presidencial de 2002, ese modesto pero ferviente número de militantes termino siendo crucial y dejaron perplejos al resto de los franceses al brindar un suculento 16 por ciento al Frente Nacional, quedando en el segundo puesto y pasando al ballotage. Atrás quedó el tradicional Partido Socialista y su candidato, el ex primer ministro Lionel Jospin.
Fue sólo luego de esta sorpresa que la gran masa de electores actuó reeligiendo a Jacques Chirac con un impresionante 82 por ciento, y aplastando las ambiciones de Le Pen. La participación aumentó en más de nueve puntos entre la primer y segunda vuelta. Alrededor de cuatro millones de personas se sumaron a los comicios en la segunda vuelta.
Argentina recuperó su democracia hace apenas 26 años y los músculos republicanos de la ciudadanía y las instituciones no están todavía lo suficientemente fuerte como para considerar que el sistema es maduro y estable. Sin embargo, los argentinos ya comienzan a imitar la creciente mala costumbre de las democracias consolidadas y no se acercan a las urnas. La crisis económica y política desatada en 2001 sólo hizo reforzar la creencia del político, y la política en general, como algo negativo en lo que un “hombre de bien” no se involucra. Incluso no tener un pasado político pareciera ser algo positivo a la hora de apoyar candidatos, como si la falta de experiencia ayudara a comprender mejor la labor por hacer.
Pero peor aun es creer que al no participar uno hace sentir su voz. Todo lo contrario. En realidad se desaprovecha una oportunidad invalorable que sólo sabe brindar un sistema democrático.
En cada evento electoral argentino y frente al creciente ausentismo se relanza la discusión sobre hacer el voto voluntario. Pero si ahora, siendo el voto obligatorio, alrededor del 30 por ciento de los argentinos no se presentan, al remover este requisito solo se acentuaría la poca participación. Inconsciente (o conscientemente) los propulsores de esta idea estarían dejando que unas minorías militantes, con mayor capacidad de acción, puedan acceder a puestos de decisión a pesar de no reflejar a una amplia gama del electorado.
También se pone en riesgo el sistema mismo porque le quita legitimidad a los electos. La historia argentina tuvo sus ejemplos, como cuando el presidente Illia asumió con apenas el 25 por ciento de los votos frente a la fuerte abstención y el voto en blanco provocado por la proscripción del peronismo. El escaso caudal de votos mezclado con la tradicional inestabilidad dio una imagen de poca legitimidad permitiendo uno de los tantos golpes de estado que sacuden nuestra trayectoria republicana.
Las elecciones son la quinta esencia del régimen democrático, por el cual se perdieron muchos años y vidas para establecerlo. Es la justificación misma del sistema que llama al pueblo cada cuatro años para decidir el rumbo. No participar es ser indiferente a la democracia, a la sociedad y a sí mismo.