La democracia y los partidos políticos

Maria Seone en esta nota publicada en Clarín expone las presentes dificultades de la democracia en Argentina, describiendo su fragilidad como una “democracia Gruyere”.


Del que se vayan todos a esta “democracia Gruyere”
María Seoane
Clarín
23 de marzo del 2008

La mayoría de los argentinos sospecha de los partidos políticos. Esos a quienes en la tremenda crisis de 2001 les gritaban “que se vayan todos”. Las razones de esta sospecha son antiguas y múltiples pero los partidos políticos son el suelo de la democracia. Y no es poco importante: tienen el monopolio para la postulación de candidatos, es decir la promoción al poder de aquellos hombres y mujeres que con sus decisiones modificarán la vida de todos los argentinos.
Su educación, las normas del trabajo, el nivel de ingresos, el de bienestar, el de reparto de la riqueza, la forma en que se curarán, se casarán, tendrán hijos y, aún, podrán definir su sexualidad. Dos extensos informes realizados en julio de 2007 por la Cámara Nacional Electoral, “Afiliados a los partidos políticos” y “Datos sobre el sistema de partidos”, radiografían con un detalle desconocido hasta ahora qué pasó luego de la debacle del 2001 sobre el sistema político.
Y dan cuenta no sólo de una crisis profunda sino que, también, se revela la necesidad de su reforma. No sin un toque de humor, lejos del lenguaje académico, los que sí creen que con la democracia se come, podrían definir a la de la Argentina como una “democracia Gruyère”, por el famoso queso suizo que tiene burbujas que lo hacen frágil.
El cuadro es el siguiente: existen 716 partidos políticos reconocidos, pero solo 42 son nacionales, el 5,9%, y el resto son distritales (94,1%). De los 42 partidos nacionales, 38, es decir el 90%, están territorialmente asentados en la Capital Federal, lo que indica la la hipertrofia territorial del sistema. El resto, (apenas el 2% ) están en la extensa Buenos Aires y la misma cantidad en Catamarca, Córdoba, San Luis.
A su vez, sólo 31 tienen representación parlamentaria, y existe la abrumadora cantidad del 50% de bloques unipersonales en Diputados. Esto implica que la fragmentación llega a la médula de las instituciones donde se realizan las leyes. La proliferación de partidos pos 2001 —se eliminó la prohibición de que un partido que en dos elecciones consecutivas no obtuviera más del 2% de los votos no pudiera seguir compitiendo— fue una respuesta al estallido del modelo económico por el descrédito de los grandes partidos, pero también fue su talón de Aquiles. ¿Se está ante una crisis terminal, un colapso del sistema de partidos?
Los analistas consultados por Clarín— los sociólogos Torcuato di Tella y Liliana de Riz y los politólogos Ernesto Calvo Bleichmar y Juan Abal Medina— dan explicaciones para la crisis. Para Di Tella, a pesar de la crisis “el sistema de partidos evoluciona desde el bipolarismo— PJ y UCR— entre un movimiento nacional y popular y otro centrista de clase media hacia otro popular y socialdemócrata versus uno de orientación conservadora.” Calvo no acuerda con que el sistema de partidos haya colapsado: “Lo que colapsó es la oposición y con ello la imposibilidad de tener elecciones competitivas. “.
De Riz culpa al negocio de formar un partido: “La permisividad del régimen de partidos permite su multiplicación, muchos de ellos como ”pequeños emprendimientos” que reciben financiamiento estatal con porcentajes ínfimos de votos. A eso se suma el reconocimiento de los partidos de distrito en la competencia nacional —la Corte estableció que un partido nacional nace del pedido de reconocimiento de por lo menos cinco partidos de distrito— del 2007 con su explosión de partidos y de candidaturas y de listas colectoras y espejo.”.
Abal Medina es más optimista: ve, como Di Tella, una crisis de “reorganización y recomposición porque los partidos nacionales dejaron de funcionar en la Argentina, con la intervención del PJ, la división de la UCR y la crisis de las terceras fuerzas. Hasta 2002, dado que el Estado estaba colapsado, la competencia fue territorial. Eso explicaría la proliferación de partidos de distrito. Ahora, desde que el Estado vuelve a controlar la autoridad y los recursos, es posible avanzar. Para tener partidos nacionales sólidos hace falta un Estado sólido.”.
Ahora bien, la proliferación de partidos no es sólo el problema, también lo es la situación de la afiliación a los partidos. Hay 27.032.985 electores. Sólo está afiliado a un partido el 30, 81% de ese padrón, es decir, unos 8 millones de argentinos. El 69,19 restante— casi 19 millones— es independiente. La anomia y el desinterés político se ve en que durante un año sólo 4 mil argentinos creyeron importante afiliarse o no irse de un partido.
Sólo dos partidos de los 716, el PJ con el 43,46% y la UCR, con el 30,53%, reúnen más del 70% de afiliados a un partido. El PJ controla territorialmente 21 de las 24 provincias argentinas aunque tiene solo el 13,8% del padrón nacional de afiliados y la UCR el 9,4%. El ARI, con el 0,58% de afiliados sobre el total de afiliados del país (44.226 afiliados) es la base de la principal fuerza opositora, la Coalición Cívica liderada por Elisa Carrió.
Así, principal fuerza electoral de oposición tiene representación en 15 distritos del país pero su cantidad de afiliados parece ser igual a la de Acción por la República, que creó Domingo Cavallo. Las mayores afiliaciones la tienen el PJ (3.600.000), UCR (2.500.000), Frente Grande (191.000), Partido Socialista (113.000), UCeDé (78.000).
Hay otras paradojas: el liderazgo de la derecha se basa, hoy, en un partido como el PRO, de Mauricio Macri, y tiene solo 20 mil afiliados en todo el país. Lo curioso es que los afiliados del PRO, hasta julio 2007, en Santiago del Estero son casi la mitad de los que el PRO tiene en la Capital Federal, que hoy gobierna. El Frente de los Jubilados, para dar cuenta de la distorsión del sistema, es un partido nacional pero con sólo mil afiliados y representación en sólo tres distritos: la mayoría en Misiones.
Según la justicia electoral, los mayores lugares de afiliación son las provincias pobres del norte argentino: Corrientes y Formosa llevan la delantera, contra la Capital Federal, un lugar que se supone de clase media informada.
Aquí, la sospecha es la afiliación clientelar por las fuerzas políticas que controlan los estados provinciales. Los analistas consultados por Clarín coinciden en que los datos de afiliación son, por lo menos, ficticios. Que los padrones están inflados.
Calvo señala que esta es la herencia institucional de “un sistema de afiliaciones que fue utilizado durante décadas para dirimir las internas partidarias (con punteros) tanto del PJ como de la UCR. Por supuesto la Argentina tiene datos extraordinariamente elevados de afiliación: el promedio de afiliados partidarios en Europa es apenas el 5%. La cuestión acá se agrava porque no existe un sistema de caducidad que obligue a renovar la inscripción de afiliados luego de dos o tres elecciones.” En este sentido, De Riz cree que la baja afiliación da cuenta de “la consolidación de partidos como maquinarias electorales más que como proyectos políticos de largo plazo.”.
Pero los informes de la justicia electoral muestran que el sistema político no sólo está fragmentado sino al mismo tiempo concentrado. Tal como caracterizó el politólogo italiano, Giovanni Sartori, vivimos en un sistema pluripartidista pero hegemónico a diferencia de lo que ocurría antes de la crisis de 2001, cuando todavía el bipartidismo entre radicales y peronistas gozaba de buena salud. Esto es así no por una maldad intrínseca del peronismo que reina con poder territorial e institucional sino porque la oposición está fragmentada y sin potencia territorial e institucional.
Consejos al Príncipe (o al gobernante, tal como lo llamaba Nicolás Maquiavelo): la hegemonía política no hace más segura la perpetuación del poder sino que la debilita. ¿Cómo se sale de la crisis? Calvo apunta a que hay que superar el colapso de la oposición. De Riz quiere un legislación de partidos menos permisiva, con reformas en los sistemas electorales provinciales y afiliaciones. Abal Medina cree que los partidos deben reformarse no sólo para afiliar sino para capacitar a sus cuadros. Pide una “mayor formación” en los dirigentes, capacitarlos en las ideas políticas y sobre todo en los programas partidarios. Di Tella sella: “Hay que dedicarse a organizar a los partidos por la base (territorial) y fomentar el análisis político e ideológico por parte de los afiliados”. En síntesis, más política, más debate, más ideas, más militantes y menos funcionarios.
Este informe habla sobre el punto más débil de la democracia argentina.La reforma política demorada, cajoneada y vuelta a ventilar para ser de nuevo demorada, no es, en este cuadro, una medida más de maquillaje del sistema político. Es su deuda.