Voto obligatorio

El Dr. Ariel Armony participa en la discusión por la baja participación electoral registrada en las últimas elecciones nacionales a pesar de la obligatoriedad del voto en Argentina. Para Armony, en Argentina «el voto voluntario serí­a un mejor camino.» Por Hugo Passarello Luna


Esta entrevista es parte del trabajo que comenzó con el artí­culo La obligacion de elegir sobre el voto obligatorio en Argentina y la tendencia a la baja participación electoral ciudadana.
Ariel Armony es profesor de ciencias polí­ticas en Colby College (EE.UU.). Su libro más reciente es The Dubious Link: Civic Engagement and Democratization, publicado por Stanford University Press.
1. Desde la elección presidencial de 1983 hasta la reciente del 28 de octubre se observa una tendencia a que cada vez menos gente se presente a votar. En la ultima el 28.2 % (alrededor de 7.5 millones de electores de un total de 27 millones) no votó. ¿A que cree que se debe esta tendencia?
Es difí­cil responder sin tener más datos. Pero se me ocurre que existen varias razones. El grueso de los que no votan son, posiblemente, ciudadanos que han ido alienándose progresivamente con respecto a la polí­tica y la “clase polí­tica”. Recordemos la importancia que tení­a el llamado “voto bronca” hace unos aí±os. Pienso que muchos de los que votaban de esa manera ya no se molestan en hacerlo. La “bronca”, que es un elemento muy positivo para la democracia, se ha transformado en cinismo y, últimamente en apatí­a. La apatí­a es un elemento muy pernicioso para el desarrollo democrático.
Una parte de los no votantes deben ser argentinos que viven en el exterior. Como sabemos, la ola emigratoria ha sido gigante en la última década, particularmente después de la crisis de diciembre del 2001. Si bien no tengo cifras concretas (ni conozco si las hay), mi impresión es que muchos argentinos que viven en el exterior nunca efectúan el cambio de domicilio, con lo que continúan figurando en el padrón electoral. Como el voto por correo no es una opción, es complicado acercarse a un consulado para votar.
No nos olvidemos que un sistema de voto obligatorio debe estar basado en una adecuada penalización para el que no vota. Hacer cumplir la ley es un tema complicado en la Argentina. Es necesario, entonces, preguntarse cuales son los costos de no votar: mientras menores sean, mayor será la tentación de no cumplir con esta obligación cí­vica.
2. En otros paí­ses donde el voto es voluntario también se observa una tendencia a que menos gente vote ¿Como compara esta tendencia en un paí­s con voto obligatorio y en otro con voluntario? ¿Cree que camino empujará a Argentina a adoptar el sistema voluntario?
Algunos académicos proponen hacer el voto obligatorio para incrementar el porcentaje de votantes. El razonamiento es que la acción de votar es importante para el individuo, ya que tiene un efecto en su modo de pensar y actuar, y que el voto obligatorio refleja mejor las preferencias colectivas que el voto voluntario. El problema, según se ha observado, es que cuando se obliga a votar a quienes no tienen interés en hacerlo o no están suficientemente informados, lo que se logra es aumentar la proporción de votos “al azar”. Estos votos pueden alterar el resultado del proceso electoral, por ejemplo, llevando al triunfo a los candidatos menos populares.
La tendencia a que menos gente vote se ve tanto en las democracias “viejas” como en las “nuevas”. En las democracias de larga data, donde el voto es voluntario, los ciudadanos se han transformado en crí­ticos severos de sus democracias. El resultado ha sido una mayor erosión de la legitimidad del sistema polí­tico. En las democracias de Europa Occidental y Norteamérica no sólo ha disminuido el porcentaje de votantes: también ha caí­do el interés de los ciudadanos en los asuntos públicos, la identificación con un partido polí­tico y la estabilidad de las preferencias de los votantes. El prestigio de los polí­ticos y el papel asignado a las legislaturas por parte de los ciudadanos son cada vez más bajos. O sea, existen problemas serios que afectan a la democracia liberal, los cuales no tienen que ver con el voto sea voluntario o compulsivo.
Con respecto a la Argentina, mi posición es que el voto voluntario serí­a un mejor camino, simplemente porque no veo que el voto obligatorio ofrezca más o mejores beneficios. Pero la Argentina es un paí­s donde este tipo de cambios son muy difí­ciles de concretar. No creo que exista una clase polí­tica con la capacidad necesaria para asumir una discusión seria sobre este tema.
3. En el caso que el voto fuese hecho voluntario en Argentina, ¿Cómo cree que impactarí­a este escenario en la participación ciudadana y en el sistema polí­tico? ¿A quienes beneficiaria y a quienes perjudicarí­a?
Varios estudios muestran que las variables estructurales no son las más importantes cuando se trata de explicar el “no voto”. Los no votantes están concentrados en ciertos sectores sociales. En general, los estudios muestran que el “no voto” es inversamente proporcional al nivel de educación y de ingreso.
Siendo un poco osado, me animo a sugerir una idea interesante, que ha sido recientemente discutida en Europa: adoptar un sistema voluntario en el que los ciudadanos reciban un pago por votar. Bajo este sistema, los ciudadanos con menor nivel educativo y menores ingresos tendrí­an una motivación para votar, lo que incrementarí­a el porcentaje de votantes. En el contexto argentino, el “voto pago” podrí­a servir como una herramienta para combatir el clientelismo, ya que ofrecerí­a mayor autonomí­a a los ciudadanos de menores recursos económicos, justamente el sector más afectado por la maquinaria clientelista de los partidos más importantes (especialmente el Peronismo).
Si asumiéramos que este cambio podrí­a tener un efecto en la autonomí­a de millones de votantes, los más perjudicados serí­an los polí­ticos que viven del sistema clientelista. Lamentablemente, no creo que exista una masa crí­tica de polí­ticos con el poder como para promover este tipo de iniciativas. Me temo que si esta propuesta surgiera de la sociedad civil, serí­a vista como una idea elitista, cuando en realidad es todo lo contrario, ya que servirí­a para balancear la “pérdida” de votos causada por el cambio de sistema y, especialmente, introducirí­a un componente de igualdad muy significativo.