La crisis de los partidos según Terragno

En un interesante articulo del Senador Rodolfo Terragno se hace mención a la falta de internas en los partidos políticos para decidir las formulas que se presentan a las elecciones. El comentario discute el curioso efecto que esto produce en los medios y en la gente, que simplemente parecen ignorar o desconocer los riesgos de no tener internas. De por sí esta situación atenta directamente al Código Electoral Nacional que requiere internas en los partidos políticos.


El mundo del revés
Rodolfo Terragno

“Maña”, “afición”, “rareza”, “costumbre”, “rito”. Todo esto se dijo de la elección democrática que realizó la UCR porteña. No hay, en el país, un solo candidato presidencial surgido de una “primaria”. Y el PJ bonaerense modificó su carta orgánica para suprimir las elecciones internas. La Argentina es, hoy, un caso raro de democracia “no participativa”
Apenas Ricardo Gil Lavedra ganó las elecciones internas de la UCR, Analía Argento le preguntó: “¿Por qué usted y Terragno llegaron a una interna? ¿El radicalismo pierde votos pero no las mañas? (De! bate N°227, 19 de julio).
La palabra estaba empleada, sin duda, en su tercera acepción: “vicio o mala costumbre; resabio”.
Como Debate, casi toda la prensa había juzgado “anómalo” que los candidatos de un partido fueran elegidos por sus afiliados.
Santiago Rodríguez anunció el 8 de julio desde Página 12: “Siempre afectos a las internas, los radicales dirimirán de ese modo sus candidaturas”.
Coincidente, Marcelo Helfgot hizo notar en Clarín: “los radicales no pierden la costumbre de dirimir sus pleitos a través del voto”.
Como si, en una democracia, las diferencias pudieran dirimirse de otro “modo”; prescindiendo del sufragio.
El Economista subrayó el 13 que en esta época “prácticamente ya no se hacen internas en ningún partido”.
Es una realidad vernácula: la democracia partidaria no está de moda en la Argentina.
Lo extraño es que tal irregularidad se celebre.
Ángel Coraggio, de El Cronista, me preguntó en esos días, a propósito de mi participación en la puja democrática: “¿No se siente un poco raro?”
Es una pregunta que, hasta donde yo sé, nadie le hizo a un candidato designado a dedo.
Antes del domingo 15, Laura Capriata, de La Nación, quiso saber si no había tiempo para acordar, en la UCR porteña, “una lista conjunta”; esto es, única.
Lo meritorio, se suponía, era impedir la elección. Eduardo Tagliaferro, de Página 12, nos lo expuso a Gil Lavedra y a mí. A él le preguntó si la elección era “inevitable”; a mí me consultó si la consideraba “insalvable”.
Condescendiente, Ámbito Financiero explicó por qué el acto no podía evitarse o salvarse: el radicalismo porteño era cuidadoso de su “rito”.
En realidad, Gil Lavedra y yo teníamos propuestas distintas:
* Él es un jurista prestigioso, y quiere contribuir a la mejora de la calidad institucional. En su opinión, el orden jurídico precede a la organización económico-social. Cree que, sin instituciones sólidas, hasta el mejor proyecto fracasa.
* En cambio, yo sostengo que la solidez institucional depende del grado de satisfacción social. Sobre una economía sólida y una distribución equitativa de la riqueza, se puede construir un edificio jurídico resistente. Erguido sobre la pobreza y la inequidad, todo orden jurídico es un castillo de naipes.
Los radicales porteños debían elegir, por lo tanto, entre un modelo jurídico y un modelo económico-social.
Eligieron, y yo acepté el resultado; como Gil Lavedra lo habría aceptado, de haber sido distinto.
Los votos positivos fueron 15.097.
“Escasos”, dijeron algunos.
Es cierto.
La crisis de los partidos y, en particular, la de la UCR, ha menguado la participación.
Yo accedí al Senado porque, el 14 de octubre 2001 gané, en la Ciudad de Buenos Aires, con 291.049 votos: mucho más de los 198.016 que obtuvo el Frente para la Victoria el 3 de junio último.
Desde entonces, ha pasado mucha agua bajo el puente.
Hay que reiniciar la lucha, con realismo y modestia.
Pero hay que hacerlo recurriendo a la democracia; no soslayándola.
Los 15.097 votos, obtenidos en una interna, son más que los sumados, el 3 de junio, por 11 diferentes candidatos a Jefe de Gobierno.
El Partido Justicialista, que también vive una crisis (aunque no de igual proporción) ha renunciado a la urna.
El 11 de este mes, el Congreso del PJ bonaerense modificó su Carta Orgánica, para suprimir las elecciones internas. A continuación, los congresales proclamaron dos fórmulas (una nacional, otra provincial) que no había votado ningún afiliado.
La abolición del voto en el PJ provincial no llamó la atención de los analistas políticos.
La aceptaron como, antes, habían aceptado la designación de la candidata Cristina Fernández de Kirchner, hecha por su marido.
Hace cuatro años, los actuales gobernantes nos prometieron “un país en serio”.
Cuatro años más tarde, tenemos lo opuesto.
¿Quién puede imaginar la siguiente situación en España?:
* El Presidente de Gobierno dice en público que el candidato del PSOE será “zapatero” o “zapatera”.
* Durante semanas, políticos y medios discuten cuál será, en definitiva, la decisión del Presidente.
* Por fín, Zapatero anuncia que la candidata será su esposa.
* Los diarios proclaman: “Se develó el misterio: será zapatera”; pero no objetan a la candidata, elegida por un voto único.
* El propio PSOE acepta, sin discusión, que la Presidencia se transforme en una sociedad conyugal.
Semejante situación no se daría en España; ni en otro país que se precie.
La democracia, para ser tal, debe ser un proceso ascendente.
A la hora de la elección general, los ciudadanos no podrán pedir un plato que no figure en la carta. Por eso importa que, en la confección del menú, intervenga una gran porción de la sociedad.
Esa es, acaso, la principal función de los partidos políticos.
Sin duda, los partidos han traicionado (y traicionan) con frecuencia ese propósito. Los nefastos “aparatos” –formados por caciques que cambio de favores– han averiado el sistema.
La respuesta no puede ser la indiferencia o la claudicación.
Los partidos no se salvarán a los dedazos.
Lo harán si los políticos decentes se esfuerzan por lograr que los votos genuinos sean más que los comprados.