Tres semanas que revelaron la política que viene

Nace la disputa entre dos liderazgos

24 de Junio de 2007
Es como ir a ver una película sobre el Titanic: todos saben que al final el barco se hunde, pero se quedan pegados a la butaca y se sorprenden con el desarrollo del drama.
A la carrera para el ballottage porteño tampoco le faltó impacto, aunque la dosis de suspenso se hubiera acabado en la noche del 3 de junio, cuando Mauricio Macri le sacó más de 22 puntos a Daniel Filmus, el hombre del Presidente.
Los eternos 20 días de la campaña parte 2 mostraron el proceso de transformación de un líder, Néstor Kirchner, que por primera vez se encuentra frente a un opositor fortalecido. El antagonista, Macri, también descubrió en estas semanas que ahora su papel como político tiene un libreto que no escribe sólo él.
Kirchner y Macri fueron protagonistas excluyentes de este tramo de campaña, prólogo de la política que vendrá. La guerra de carpetas que preveían los macristas -y con la que soñaban algunos “ultras” del kirchnerismo- nunca se declaró.
El destino de Jorge Telerman, derrotado en primera vuelta después de sufrir un bombardeo de denuncias, no se cruzó con Macri. Y eso que todo parecía llevar allí. La noche del primer turno, Filmus arremetió con un discurso triunfalista y desafiante: proponía a los porteños debatir dos modelos de país.
Kirchner hizo suya la idea al día siguiente. En el atril de sus amores, estrenó la frase que ya se imprimía por esas horas en miles de carteles: “Hoy lo pueden llamar Mauricio, pero Mauricio es Macri”. El candidato Pro creyó ver el inicio de una pesadilla. Pero quienes conocen a Kirchner siempre recomiendan esperar. Esperar, al menos, a que le llegue la primera encuesta.
Pasó enseguida. No sólo la diferencia de 22 puntos se mantenía, sino que los consultores decían que la ofensiva presidencial ahondaba la brecha. Nunca más la palabra Macri salió de la boca de Kirchner. De a poco empezó a imaginarse, resignado, la idea de la convivencia.
Filmus asumió su papel: le tocaba defender el modelo por “la vía pacífica”. El Presidente lo ayudaría con alusiones crípticas y con algo de show. Como cuando juntó en la Casa Rosada a Marcelo Tinelli y a Ramón Díaz, el técnico del campeón San Lorenzo que mostró un desconocido fervor por votar a Filmus.
El sueño nacional
En la vida real, el resultado porteño despertó a la oposición. Roberto Lavagna anunció que votaría a Macri, Elisa Carrió llamó a votar en blanco, pero elogió a Gabriela Michetti (compañera de Macri) y Ricardo López Murphy propuso armar un frente nacional unificado.
Tanta ebullición mareó un poco a Macri. Se arrepentiría de haber “caído en la trampa”: dijo que quería ayudar a “construir una alternativa nacional”. Justo él, que sólo quería hablar de baches se descubre ahora obligado a liderar la oposición. En otras cosas fue precavido de más. Sobre todo cuando faltó al debate de TV al que había prometido ir. Filmus le arañó puntos por esa decisión.
Otro hecho que lo golpeó fue la patinada de su aliado dilecto Juan Carlos Blumberg. No era “el ingeniero”, como se hacía llamar. Rápido de reflejos, Macri le pidió que se disculpara en público. Pero el fútbol siempre da revanchas y unos días después Macri celebró la coincidencia de otra Copa Libertadores para Boca cuatro días antes del ballottage.
Filmus, a todo esto, se esforzaba, con aplicación. Caminó en busca de aliados y, ante la carencia, mostró como un tesoro el acuerdo con el Partido Humanista, que sacó 0,94 por ciento en la primera vuelta. Quiso tentar al antes odiado Telerman. Sólo consiguió el apoyo de Gabriela Cerrutti, la ministra que había denunciado al Gobierno de incendiar villas en Lugano. Mejor le fue con los artistas que participaron de la última jugada promocional.
Dicen que la diferencia se redujo. A Filmus lo alentaron con futuros éxitos. Y el kirchnerismo intentó crear algo de suspenso final. Parece poco probable, pero como en la historia del Titanic, con el resultado puesto hoy emergerá algún héroe, muchos se salvarán del naufragio y otros, sí, terminarán en el fondo del mar.
Por Martín Rodríguez Yebra
De la Redacción de LA NACION