Entrevista a José Alvarez Junco sobre la debilidad institucional

Esta interesante entrevista a José Alvarez Junco, historiador español y consejero de estado, fue publicada en la Revista Viva del ultimo domingo. En ella se comenta la herencia española y su influencia en la debilidad institucional de América Latina.


“La debilidad institucional es otra mala herencia española”
Fabián Bosoer
Revista VIVA (Clarín)
13 de mayo de 2007

A qué atribuye la actualidad que tienen los debates y reformas constitucionales en la vida de las democracias?
—En el caso de España, tenemos también planteada una reforma constitucional, pero ésta no toca los principios fundamentales de la democracia. Se trata de cuatro puntos específicos: las reglas de la sucesión a la Corona, para terminar con la primacía del hombre sobre la mujer; la creación de un Senado en el que estén representadas las comunidades autónomas; la enumeración de las comunidades autónomas, que no están en la Constitución; y la cláusula de sumisión a los principios de la Unión Europea y a la integración de la legislación de la Unión Europea en España.
¿Pero no tocan acaso estos temas algo tan fundamental como la discusión sobre la identidad nacional?
—El tema de la identidad nacional viene en España del siglo XIX, un siglo muy agitado políticamente, con enormes altibajos, absolutismo, liberalismo, monarquía de los Borbones a monarquía de los Saboya, de monarquía a república, república unitaria a república federal, golpes de Estado, pronunciamientos. Esa inestabilidad política hizo que no hubiera casi ningún momento en el que un régimen fuera reconocido por todos como propio. Entonces, resultó muy difícil crear símbolos nacionales que fueran compartidos por todos. Había tres banderas: la monárquica actual —monárquica liberal—, la monárquica absolutista de los carlistas y la republicana tricolor. Cuando murió Franco no se sabía qué bandera iba a ser la española. Hasta que Santiago Carrillo apareció detrás de una mesa con la bandera bicolor, aceptando la bandera de la monarquía liberal. Y aun así, ahora, esa bandera sigue siendo utilizada por los conservadores como si fueran ellos los únicos que representan a España. Lo mismo ocurre con el himno nacional; hay dos, uno de izquierda y otro de derecha, con la fiesta nacional y con los monumentos.
¿Quiere decir que la contracara de la exaltación nacionalista es en realidad una débil nacionalización?
—Así es. Y en el siglo XX, sobre todo, esas crisis políticas del XIX acaban llevando a la Guerra Civil de 1936-39 y a la dictadura de Franco, que se prolonga cuarenta años. Esa dictadura se apropia de los símbolos patrios. A nosotros, los jovencitos rebeldes de los años 60, nos costaba mucho trabajo ir detrás de esa bandera; no era nuestra, era la bandera del régimen. En esa situación —últimos años del franquismo y transición—, nacionalismo vasco y catalán —que son fenómenos relativamente recientes, de finales del siglo XIX , en principio bastante conservadores, sobre todo el vasco (“Defendamos nuestra identidad frente a la invasión del mundo moderno”)— de repente aparecen como fenómenos modernos, democráticos, europeos. ¿Por qué? ¿Porque se oponen al franquismo? Sí, entonces, hay un proceso de deslegitimación del españolismo y de relegitimación de los nacionalismos alternativos al español. En esa situación hemos vivido los últimos treinta o cuarenta años.
¿Cómo encara el problema la transición a la democracia?
—Con dificultad. La propia Constitución española actual tiene un artículo, el 2ø, que dice: “La unidad indisoluble de la nación española, la soberanía que recae en el pueblo español”; habla de “patria eterna y común a todos los ciudadanos”, y a continuación dice: “Y se reconoce el derecho a la autonomía de las regiones y nacionalidades que componen España y de los pueblos de España”. Y en el preámbulo habla de “los pueblos de España” ¿Es un pueblo o una unión de pueblos? ¿Es una nación-Estado o es un Estado plurinacional? Se ponen las dos velas, a Dios y al diablo, porque es la única manera de alcanzar el pacto político de convivencia.
¿Cómo se refleja esta ambigüedad en las opiniones de la gente?
—El hecho de que se haga referencia a la existencia de varias nacionalidades puede parecerle al ciudadano normal como una traición a la unidad de la patria. Y de hecho, la derecha conservadora lo hace todos los días. Cada vez que Zapatero rinde culto a la identidad vasca o catalana, le empiezan a llamar traidor.
¿Pero la integración a Europa no ha cambiado esa vieja idea del Estado-nación?
—¡Y cómo! En los últimos veinte años, en España han desaparecido las fronteras con Francia y con Portugal. Ha desaparecido la moneda, la peseta, y tenemos el euro. La bandera nacional está perdida en un mar de banderas, acompañada de la europea y de las banderas regionales. El ejército depende del gobierno central, pero a la vez está formando ejércitos europeos, unidades de intervención supranacionales, y embarcado en operaciones militares en Bosnia, en Afganistán, etc. La pertenencia a Europa en general da orgullo patriótico a los españoles, es un fenómeno muy curioso: ser europeos no diluye, no disminuye la identidad española, la realza. Demuestra lo importante que es España, que ha entrado en el club selecto.
El ruido mayor se produce entonces en los niveles locales y regionales.
—Exacto. Ahí es donde está el mayor problema.
¿Y eso beneficia más a la izquierda o a la derecha?
—Aquí tenemos otro problema. Clásicamente, la izquierda ha sido más centralista, defensora de un Estado fuerte, porque sólo un Estado fuerte, un gobierno central fuerte, puede hacer reformas y transferir riquezas de los sectores más opulentos a los sectores más necesitados. La derecha, en cambio, ha sido autonomista y regionalista. Pero en España, debido a la herencia del franquismo, lo español quedó fijado al régimen autoritario, y lo vasco, lo catalán, eran la lucha por la libertad y la democracia, la modernidad y el europeísmo. Por eso a la izquierda le cuesta ser centralista.
¿No afectan estas discusiones de fondo la convivencia política en la relación entre oficialismo y oposición? ¿Ha sido oportuno que el gobierno de Zapatero impulsara esas reformas teniendo tan férrea oposición del Partido Popular?
—Pues no creo que una cosa se vincule con la otra. Para una reforma constitucional se precisan consensos fuertes, pero como le decía, la que está en discusión en España no toca los aspectos fundamentales de la convivencia democrática. Pero también es cierto que la crispación tensa estos consensos y afecta la convivencia política. Sería lamentable que se rompiera el clima que animó los pactos de la Moncloa y permitió la Constitución de 1978. Esta tiene una virtud única, formidable, que no ha habido en ninguna otra Constitución de la historia de España, y es que fue pactada por todos los grupos políticos. No es la Constitución de un partido sino de todos. La reforma constitucional deberá ser pactada también. Pero como siempre ocurre, les ocurre también a ustedes en estos tiempos, la atención se concentra ahora en las elecciones. Tenemos en pocas semanas más las elecciones regionales, autonómicas y locales, la actual legislatura ha sido muy tensa, y se puede decir ya que está prácticamente casi terminada, y no hay perspectiva de que mejore, desde aquí a las elecciones. Habrá que esperar a las generales de marzo del 2008, pues ahí ya sí que naturalmente se aclarará la situación y veremos lo que ocurre.
La historia política latinoamericana lleva la marca de la influencia hispánica: el nacionalismo católico, el caudillismo, el centralismo, pero también el liberalismo social, el republicanismo, el anarquismo, el populismo. ¿Cómo conviven estas influencias con la lucha por mejorar nuestras democracias?
—España no ha sido un país donde ha habido muchos populismos. Los tuvimos, aislados, anticlericales, nacionalistas y españolistas. Pero más que populismo en sí, creo que la mala herencia española ha sido la debilidad institucional, el escaso respeto por normas e instituciones consagradas, legítimas y respetadas. Se ha confundido fortaleza del Estado con autoritarismo y procesos de democratización con movimientos democratizantes con un caudillo a la cabeza, que no es lo mismo. Y quizás ésta sea la gran asignatura pendiente en América latina. En España, se ha logrado crear un régimen bastante estable, consolidado y respetado. Y ello tiene que ver con dos cosas: hay instituciones respetadas por todos. Y hay un ejercicio de la convivencia democrática entre izquierdas y derechas, aunque éste se muestre un tanto exasperado en la actualidad.