El nuevo nombre de la demagogia

En un articulo para el diario La Nación, Mariano Grondona pregunta ¿Sería demasiado atrevido pensar, por ejemplo, que políticos como Elisa Carrió y Ricardo López Murphy se destacan por su sinceridad, por su honestidad, sin que hayan conseguido transmitir eficazmente sus mensajes, hasta ahora, a la mayoría?

Crédito Foto: Santiago Trusso

El nuevo nombre de la demagogia
Diario La Nación
Por Mariano Grondona
27 de Mayo de 2007

El verbo “adular” proviene del latín adulari , una expresión próxima a “acariciar” y a “adulterar”. Este último verbo proviene de la raíz al , ´más allá de , de la cual resulta el latín alter , ´otro . Siguiendo esta pista etimológica, podría decirse que la adulación tiene el efecto de “alterar”, de llevar más allá de sí mismo al que a ella se expone, a quien el adulador adultera primero su propia imagen para manejarlo después a voluntad. Fascinado por el adulador, el adulado “se la cree”, y cae a partir de ahí bajo el influjo de quien lo manipula como un medio para sus propios fines.
Las “caricias” del adulador corrompen a su víctima, alteran su naturaleza. Cuando trató este tema en La política, Aristóteles distinguió dos tipos de adulación según fuera el régimen político que la albergaba. En las monarquías, los cortesanos inescrupulosos corrompen al rey mediante las “caricias” de la adulación. En las democracias, cuyo soberano ya no es el rey sino el pueblo, los políticos inescrupulosos corrompen al pueblo mediante las “caricias” de la demagogia.
Pero los demagogos cuentan hoy con un poderoso instrumento del que carecían, por cierto, los contemporáneos de Aristóteles: la capacidad de medir científicamente los sentimientos y las preferencias de los adulados. Por eso podría decirse que la tierra fértil que nutre a la demagogia hasta confundirse con ella es, en nuestro tiempo, la proliferación de las encuestas .
Las encuestas
Para seguir con Aristóteles, él elaboraba dos tipos de discursos. Uno, el discurso exotérico , estaba destinado al público en general. Al otro, al discurso esotérico, el filósofo lo reservaba para sus discípulos. Del mismo modo, hay que distinguir entre dos tipos de encuestas. Una, que también llamaríamos “exotérica”, es la que se exhibe ante el público. La otra, “esotérica”, es la que el encuestador reserva para el cliente que se la encomendó.
Como ha observado Rosendo Fraga, el objetivo propio de las encuestas “exotéricas” es el marketing. Cuando se puede mostrar con un mínimo de verosimilitud una encuesta que favorece a un candidato, éste decide mostrarla relevando al encuestador del secreto profesional. Como las encuestas admiten un cuatro por ciento de error técnico hacia arriba y otro cuatro por ciento hacia abajo, la exhibición de una encuesta determinada puede favorecer a quien la encarga y la paga con ocho puntos de margen. Por eso llaman la atención los cuadros publicados en LA NACION en ocasión de las elecciones en la Capital, de acuerdo con los cuales las encuestas “exotéricas” difieren considerablemente unas de otras según quien las haya encargado.
La única manera que tiene el observador de no apartarse demasiado de la verdad es promediar lo que dicen las diversas encuestas, unas favorables al que las contrató y otras favorables a sus rivales, para acortar la escandalosa distancia que media entre ellas.
¿Por qué es tan importante para los candidatos que las encuestas “exotéricas” los favorezcan? Por el exitismo de quienes las contemplan, entre quienes gravita naturalmente el deseo de “jugar a ganador”. Este factor también cuenta en las encuestas sobre la popularidad de un gobernante. Si las encuestas exotéricas nos dicen, por ejemplo, que el presidente Kirchner goza de gran popularidad, no serán muchos los que se animen a contradecirlo. Alguna vez el peronismo lanzó este eslogan: “Vote y gane”. El mensaje era astuto porque, tanto en la política como en el fútbol, todos quieren ganar.
El observador debe tomar con pinzas, por ello, las encuestas exotéricas. Pero el rico mundo de las encuestas no se agota en ellas. Las encuestas “esotéricas”, reservadas al cliente, son las que más se aproximan a la verdad. Sólo que la verdad, en este caso, es conocida únicamente por el cliente.
Lo que falta examinar ahora es el efecto que producen las encuestas esotéricas no ya sobre el público que las desconoce, sino sobre el político que las conoce porque las encargó. Este examen es necesario porque es en las encuestas esotéricas donde anida la tentación de la demagogia.
Demagogos y estadistas
El sociólogo Dick Morris, consultor en su tiempo de Bill Clinton, distingue entre tres tipos de políticos. Uno, al que llama el “idealista fallido” , concibe grandes ideales, pero no consigue transmitirlos al público. Otro, al que denomina el “idealista astuto” (smart idealist) no sólo concibe un ideal, sino que consigue, además, comunicárselo al pueblo. Este es el mejor de los políticos; es el estadista capaz de guiar a su pueblo. El peor político es, al contrario, el demagogo que no alberga ninguna idea propia pero que, para triunfar, se limita a cultivar sin escrúpulos lo que, gracias a las encuestas esotéricas, sabe que el público desea, sin que le importe si este deseo coincide con la realidad porque lo único que le importa no es gobernar en dirección del bien común, sino en dirección de su propio éxito. Tanto el idealista astuto como el demagogo utilizan las encuestas esotéricas. Uno, para comunicar con eficacia sus ideales. El otro, para manipular a la mayoría según el arte perverso de la adulación.
Seguramente, el lector podría ubicar a nuestros dirigentes políticos en alguna de estas tres categorías. ¿Sería demasiado atrevido pensar, por ejemplo, que políticos como Elisa Carrió y Ricardo López Murphy se destacan por su sinceridad, por su honestidad, sin que hayan conseguido transmitir eficazmente sus mensajes, hasta ahora, a la mayoría?
¿Son ellos necesariamente por eso “idealistas fallidos”? Nadie podría incluirlos definitivamente en esta categoría por dos razones. Una, que algunas ideas que hoy no atraen mayoritariamente a los argentinos podrían finalmente arraigar en ellos, una vez que las fórmulas demagógicas a las que otros deben su éxito hayan demostrado su falacia. La otra, que quizás estén aprendiendo a mejorar la calidad comunicacional de sus mensajes.
El ejemplo que aquí traen Dick Morris y otros analistas es el de Winston Churchill. Durante los años veinte y treinta, Churchill advirtió al pueblo inglés sobre el peligro de Adolfo Hitler. Durante décadas, predicó en el desierto. Pero cuando Hitler invadió Polonia, los ingleses finalmente le creyeron.
En el otro extremo de la tipología de Morris milita una gran cantidad de políticos que, para no correr ningún riesgo, se limitan a medir de continuo las encuestas esotéricas para decir únicamente lo que la mayoría, en cada circunstancia, desea escuchar.
Estos demagogos se caracterizan por su exclusiva atención al corto plazo. Lo que el pueblo desea hoy se lo prometen. Cuando el humor social cambie, ellos también cambiarán. No les interesa la próxima generación sino la próxima elección. Pasan así de duros a apaciguadores según el último sondeo de las encuestas esotéricas. Su destino los espera, sin embargo, en el largo plazo que ahora desdeñan.
Aquellos políticos que ceden a la tentación de la demagogia, limitándose a rastrear sin convicciones los cambiantes deseos de la sociedad, no tienen en vista sus necesidades profundas. Aunque abundan, sería antipático dar aquí sus nombres. Lo que puede decirse es que Sarmiento y todos aquellos que nos legaron una patria en ascenso nunca pertenecieron a su categoría.