Aguinis: “Las instituciones son objeto de una permanente agresión”

El escritor Marcos Aguinis, al presentar su nuevo libro El atroz encanto de ser argentinos 2, se muestra pesimista y sostiene que los argentinos podemos enfrentar otra crisis como la del 2001.


“Las instituciones son objeto de una permanente agresión”
Raquel San Martín
LA NACION
14 de mayo de 2007

Confundimos recuperación coyuntural con verdadero crecimiento. Tenemos una memoria débil y una tendencia a la negación. Nos fascina el ejercicio autoritario del poder. Pero, al mismo tiempo, nos organizamos para la solidaridad y el reclamo, y sorprendemos en el exterior con nuestro talento. Con esta mezcla de desencanto y esperanza, Marcos Aguinis dibuja un retrato del país en El atroz encanto de ser argentinos 2 (Planeta), la continuación de su exitoso ensayo publicado en 2001, que agotó 150.000 ejemplares.
En su nueva obra, Aguinis retoma el tono crítico y de denuncia, que eleva a la indignación y hace descender a la complicidad con el lector a través de sus páginas, en las que recorre la situación institucional, política, económica, educativa y hasta el estado de ánimo argentino.
En diálogo con LA NACION, el novelista y ensayista, que volvió al país en diciembre último, tras quince meses en los Estados Unidos, hace un pronóstico que alarma: “Si no hay una toma de conciencia sobre la necesidad de consolidar las instituciones, en un plazo de no más de 20 meses la Argentina va a empezar a tener signos parecidos a los de la crisis de 2001”.
Como en su libro, también en el diálogo la dirigencia política es su blanco preferido. Así, afirma que las instituciones “son objeto de una permanente agresión” y critica “el clima de amenaza contra la disidencia”, pero resalta al mismo tiempo “un área de la Argentina que sigue siendo moral y culturalmente sana, que no se deja arrastrar”. Y pone allí sus esperanzas.
-Afirma en su libro que no aprendimos la lección de 2001. ¿Por qué?
-Luego de haber tocado fondo y atravesado la peor crisis de la que tengamos memoria, la Argentina empezó a recuperarse y se dieron circunstancias nacionales e internacionales beneficiosas para el país. La sensación que me aflige es que estamos perdiendo esa oportunidad. En aquel momento se tuvo conciencia de que nuestras instituciones estaban muy débiles y eran incapaces de contener al país y permitirle superar esa situación. En este momento nuestras instituciones están más débiles todavía y son objeto de una permanente agresión, descalificación y abaratamiento.
-También dice que recuperación no es crecimiento.
-Los argentinos confundimos mucho esta recuperación, que se ha dado por circunstancias accidentales, con un auténtico crecimiento. Crecer significa una masiva inversión, que en la Argentina no se da. El fenómeno de la construcción está dado por el dinero que los argentinos no se animan a depositar en los bancos y ponen en ladrillos porque les parece más seguro. Pero esto no es una inversión a largo plazo, porque no es una inversión en infraestructura que genere un crecimiento sostenido.
-¿Nota una creciente desconfianza en las instituciones?
-Sí. Tenemos un Congreso que se ha convertido en una “casita vacía”, porque le han quitado una gran cantidad de atribuciones y los legisladores se entretienen con temas secundarios. Y una Justicia que es una “casita ocupada” porque está dominada por el Poder Ejecutivo y no tiene la independencia que el país necesitaría. Todo ello genera una desconfianza interna y externa que en un no muy largo plazo nos puede volver a provocar una seria crisis.
-¿Un nuevo 2001?
-Creo que si no hay una toma de conciencia muy seria y muy firme de que en la Argentina hace falta consolidar las instituciones y darles una seguridad jurídica, en un plazo no más largo de 20 meses la Argentina va a empezar a tener signos muy graves parecidos a los de 2001, en el sentido de que la inflación va a continuar creciendo porque no hay inversión genuina. Y hay otros elementos entristecedores. Desde que yo era joven recuerdo que la Argentina competía con Brasil por el liderazgo en América latina. Hoy ya no sólo no competimos con Brasil, sino que parecemos un apéndice de Venezuela. Eso es muy descorazonante.
-¿Cómo se imaginó al lector al que permanentemente se dirige en el texto?
-En este ensayo me he permitido establecer un contacto muy íntimo y confesional en el lector. Con el lector discuto, pienso, sufro, me río. Pienso que me va siguiendo, va sintiendo lo mismo que yo. Me lo imagino escribiendo conmigo y discutiendo. Y en ese diálogo trato de hacerle presentes dos elementos muy poderosos en la mentalidad argentina: la débil memoria y la tendencia a la negación. Por eso nos cuesta aprender. Y al no aprender estamos condenados a volver a los mismos errores.
-¿Qué responsabilidad le atribuye a la ciudadanía?
-La considero cómplice de nuestra decadencia. La ciudadanía salió con las cacerolas cuando se le afectó el bolsillo. Pero no lo hizo cuando el Congreso entregó poderes extraordinarios al jefe de Gabinete. Esto revela una falta de conciencia cívica.
-¿Por qué cree que el presidente Kirchner tiene un nivel de popularidad alto?
-Hay dos factores. Uno es la fascinación que tenemos los argentinos por el tyranno , que es el hombre de la mano fuerte, el matón, el que grita, el que amenaza, el que asusta. El otro es que en la sociedad argentina se está dando una recuperación, y el dinero que aportan los turistas, la soja y la construcción ha tranquilizado las conciencias. Pero esta popularidad puede caer fácilmente porque los argentinos hemos demostrado ser muy poco estables en materia emocional.
-Desde 2001 hasta ahora hay una participación activa y diferente de la gente con sus reclamos. ¿Esto no puede ser visto como positivo?
-Creo que es un avance, que habla de una mayor participación. Existen millares de ONG que abarcan todo el espectro social. La Argentina anda bien en aquello donde el Gobierno no se mete. Donde se mete, las cosas empeoran.
-¿Cómo ve la campaña electoral hasta ahora?
-La veo sucia, con un enorme desequilibrio entre el poderío económico del oficialismo y la pobreza de la oposición. Me desagrada mucho el clima de amenaza que hay contra la disidencia. Por ejemplo, el hecho de que a ciertas empresas se las haya amonestado por dar ayuda a sectores de la oposición. Eso habla de que nuestra democracia es débil. Creo que esto puede convertirse en un boomerang: la sociedad puede comenzar a sentirse molesta, a indignarse. Al Presidente se lo escucha decir que no le tiene miedo a nada. Yo no sé si es cierto, pero lo que sí puedo decir es que él nos mete miedo a nosotros. Los argentinos tenemos miedo a las represalias, a que la SIDE y la AFIP se usen para apretar a la disidencia, a las amenazas y agresiones contra quienes se oponen al oficialismo.
-En el libro rescata un lugar para el optimismo. ¿En qué lo ve?
-Hay una actividad positiva en la sociedad. La sociedad argentina tiene recursos humanos tan abundantes que, a pesar de toda la decadencia, todavía tenemos un buen nivel cultural, nos desempeñamos de manera brillante en el exterior. Hay un área de la Argentina que sigue siendo moral y culturalmente sana, que no se deja arrastrar. Lo que ocurre es que en las elecciones hay un caudal muy grande de voto cautivo. Este es un factor que mantiene a la Argentina trabada. Tenemos dentro del país suficientes cabezas para organizar políticas de Estado en todas las áreas, pero no son convocadas. La sociedad se siente usada y descalificada y no tiene ganas, pero si surgiese una decisión política clara de pensar en el futuro, tenemos los recursos para que la Argentina pegue un salto formidable.